Recuerdos, viajes, un cuento.

Por María Soledad Goyanes
@MSolGoyanes

Foto: M. Sol Goyanes

Foto: M. Sol Goyanes

Llegaste a Barcelona un día de julio en el que se cumplía la cantidad exacta de meses desde aquel día que no esperabas pero que anhelabas cada mañana al despertar.

Fue un día caluroso como aquel, pero la playa y una rutina totalmente atípica hacían la diferencia. No te mientas, en parte fuiste por eso, porque querías algo diferente. Además, te apasiona viajar y el verano.

Siempre lo distinto, lo que poco tiene que ver con vos, te llama, te mueve, te llena de ganas. Sólo aquello que sentís desde lo más profundo de tu ser y no podes explicar te da vida. Lo desafías con tus caprichos y con tu declarada condición de antirutina. No por nada, de tanto en tanto, tomás caminos diferentes para llegar al mismo lugar. Amás que amen tus caprichos. Y amás más los defectos que las virtudes; eso te enamora porque muestra al ser en su más pura esencia.

El día siguiente te encontró en Londres, y también ese día, pero de otro año y otro mes, tus ojos miraron diferente. Ahí sí llego lo que esperabas, pero no te gustó nada; porque como dicen en España tus ojos se pintaron de negro. Igualmente, sabías que lo mejor estaba por venir. Y no por casualidad, porque adorás las causalidades, ese día que reviviste en Barcelona, te llenó el alma y quedará por siempre.

Foto: M. Sol Goyanes

Foto: M. Sol Goyanes

A veces en tu afán de no sentir más, lo sentís todo. Difícilmente puedas encontrar grises; siempre te manejas a todo o nada, blanco o negro. Sos de esas personas que creen que cuando median valores como la libertad y la confianza no hay términos medios.

Y en el fondo, permanecer en momentos, situaciones, personas, apodos, abrazos, besos, risas y miradas, creyendo que no sucederán más, es de tontos. Y sí, te asumiste así. Y cuando algo se asume por más tonto que se sienta o molesto porquea dmitís que en mucho o poco le pifiaste, comenzas a cambiar. Y desde el interior, que es la que va. De todos modos, hay mañas que no se pierden, y eso te encanta.

Un día como cualquier otro, pero de este lado del mundo, te encontraste, y en el doble sentido, en aquel banco de plaza que te vio sentada miles de soles y lunas.

Desde allí observaste cómo a una chica de unos cinco años menos que vos le decían adiós. Vaya causalidad, sin decidirlo nunca más llevaste el vestido de ese día. Aquel banco te sintió morir de amor igual que en esa imagen que guardaste en una billetera, donde dos pinipons se miran como si nada más existiera y el tiempo no pasara. También discutiste por amor en términos de limón y sambayón frente a chocolates y dulces de leche.

Ese banco de plaza de la ciudad que te vio nacer y crecer y que hoy respirás diferente siempre te quedará. Depende desde qué plaza lo mires, los colores serán diferentes. De los más vivos e intensos hasta esos pasteles aburridos que te dan ganas de pintarnos de verano. Pero aquel banco de plaza siempre te quedará, como aquella voz de un verano que no esperabas, pero anhelabas cada mañana al despertar.

Foto: M. Sol Goyanes

Foto: M. Sol Goyanes

Fotos: Hyde Park, Londres. María Soledad Goyanes.