Una crónica con un poco de color sobre las habitantes más odiadas -y envidiadas, por qué no- de la soñada ciudad estadounidense


Por Agustina Ordoqui
@agusinha

Foto: Agustina Ordoqui

Foto: Agustina Ordoqui

Cuántas personas habrán envidiado, y envidian, a quienes viven en Nueva York. Caótica, corazón de Estados Unidos, cuna de los que quieren probar suerte y musa de cientos de películas; pero también sucia, con extraños vapores que salen del piso y con unas amigas que, si se hilara fino, también serían motivo de envidia. Porque ellas viven en Nueva York y ellas pueden disfrutar de la ciudad como nadie. Aunque ellas sean ratas.

Ratas, lauchitas, ratones. Y mientras una señora engalanada en su tapado de piel camina por la Quinta Avenida y recrea de forma involuntaria la escena de Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffany’s frente a la famosa joyería, debajo del asfalto que pisan esos tacos de 600 dólares, las ratas se hacen un festín. Son las reinas del mundo subterráneo en una ciudad que se jacta de tener una de las redes de metro más extensas del planeta.

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Las personas avanzan en fila india hacia la boca de subte de Union Square, allí donde confluyen una decena de líneas. Se aglomeran, se chocan entre sí. Hay accidentes peatonales, pero la gente sigue caminando, sube y baja escaleras y entra al andén. Las estaciones son grandes y la turba se dispersa. El cartel marca que faltan siete minutos para que llegue el tren que lleva hacia Times Square.

Foto: Agustina Ordoqui

Foto: Agustina Ordoqui

Los carteles luminosos de esa calle crean una de las postales las preferidas de los turistas. Por eso, ya de noche, uno espera esos siete minutos con paciencia, pero también con la ansiedad de descubrir algo que ya ha visto miles de veces, aunque nunca en persona. Mira hacia un lado y hacia el otro; mira a quienes esperan el tren que va en la dirección contraria. Entonces, de repente, ve algo en la vía que brilla y capta su atención. A centímetros del envoltorio vacío de un chocolate y del cadáver de un pote de yogur, está lo que parece ser un anillo.

El anillo llama la atención de alguien más, porque segundo después de haberlo visto, el envoltorio se mueve y aparece una rata de cola larga que toma el preciado objeto. Nadie alrededor se inmuta, ningún niño llora, ninguna mujer grita, nadie teme que la rata trepe por el andén y desate un baile de horror entre los pies de los pasajeros. Solo otro turista la mira con curiosidad. Somos dos.

La rata suelta el anillo y empieza a revolver la basura que la gente tiró a las vías. Pero ya pasaron los siete minutos y el tren se acerca. La rata se desespera y empieza a correr. El tren irrumpe en escena, con velocidad y violencia, y nunca sabremos si el animal se salvó o si quedará estampado en las vías del tren. Hay que subir; Times Square espera. Adentro del vagón, un cartel advierte de que no hay que arrojar basura en el andén, que eso el año pasado provocó equis situaciones de demora por atracos. Al tren le cuesta arrancar. Quizás por la basura, quizás por los posibles restos de la rata, que nació, vivió y murió en Nueva York… ¡Qué lujo!

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En el acaudalado barrio de Tribeca, alquilar un departamento de cuarenta metros cuadrados puede costar hasta 10.000 dólares mensuales. Comprarlo, un mínimo de siete cifras. Pero tendría usted de vecinas a la cantante de moda Taylor Swift o a la sensual actriz Scarlett Johansson, entre muchas otras estrellas de Hollywood. Tendría también que convivir con las ratas. Pero, ojo, ratas de Tribeca, neoyorquinas de pura cepa… ¡Cuánto glamour! Y como dignas ratas, se permiten vivir ahí sin pagar un solo dólar.

Para el ex alcalde Rudolph Giuliani fue más fácil desplazar a los criminales de Nueva York antes que a la monumental invasión de roedores. Según Giuliani, es clave deshacerse de “limpiaparabrisas, pintores ambulantes, artistas callejeros, ambulantes, mendigos, prostitutas, ebrios” para acabar con la delincuencia. Su política, que inició en 1994, logró reducir la criminalidad en la ciudad, si bien fue cuestionada por su alta represión.

Claro que con las ratas la tarea pareció ser bastante más difícil. Las ratas no hablan, no tienen organizaciones que las representen ni su aniquilación supone una violación a los derechos humanos, fantasma que ronda en silencio a la gestión de Giuliani. Pero Nueva York ganó la batalla contra la delincuencia y perdió la guerra contra las ratas. Curiosidades del sistema.

De acuerdo con datos del Departamento de Salud municipal de Manhattan, solo en esa isla se contabilizaron casi 25.000 roedores en 2013. Una plaga de ratas, con todas las enfermedades asociadas como la leptospirosis, puede ser mortal. Hoy en día será más seguro andar por las calles, pero igual debe tomar precaución cuando es de noche o viaja en el subte, que está abierto las 24 horas. Usted puede ser víctima de… una rata. Glamorosa y neoyorquina, pero rata al fin.