La artista propuso para su última performance ir de blanco al Puente de la Mujer con un espejo en una mano y un celular con la descripción del alma gemela en la otra. Un Tinder con arte

Por Imanol Subiela Salvo

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Estoy mirando mi alma en la pantalla de mi celular. Jamás pensé que iba a poder ver mi propia alma. Se mueve, es amorfa y muy colorida: tiene tonos de verde, azul, violeta y negro. No sé cuánto pesa. ¿Veintiún gramos como todas? No, imposible porque ésta es digital. Según la configuración de mi teléfono, mi alma pesa 74 kilobytes. El doble que el mundo: Google Earth solamente pesa 32 kilobytes. En verdad mi alma tampoco pesa eso, ya que ese “kilaje” corresponde a la Marta Minujin App. Sí, mi alma está guardada en una serie de algoritmos que la artista creó (o pidió que una serie de programadores creen).

El cierre de la primera Bienal de Performance de Buenos Aires estuvo a cargo de la artista Marta Minujin. La exponente del pop creó una aplicación móvil que une almas gemelas. El procedimiento es sencillo, Marta lo explicó en un video promocional de YouTube: “Bajate la aplicación Marta Minujin, respondé cinco preguntas… descubrí tu alma y encontrá tus almas gemelas del mismo color ARTE ARTE ARTE ARTE. Bajate la app de Marta y la Bienal de la Performance Y LISTO”.

En una época en la que gran parte de la vida de las personas transcurre en el mundo digital, Minujín decidió cerrar la bienal con una obra que se asemeja a un encuentro de Tinder, porque las almas que participamos de esta perfomance tuvimos que ir al Puente de la Mujer un sábado, vestidos de blanco, con un espejo en una mano y nuestro celular en la otra con la imagen de nuestra alma para encontrarnos con las gemelas.

El arte contemporáneo suele pedirle mucho a los espectadores. La prioridad del concepto ante cualquier otra cosa exige que el público deba pensar, repensar y seguir pensando qué hay detrás de la expresión artística. En el arte contemporáneo queda relegado a un segundo plano la obra física en sí, porque lo que importa es una idea.

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Es por eso que Marta no necesitó de una obra “física” sino de un conjunto de ideas para transmitir su concepto. Como dice Lucy Lippard en Seis años: la desmaterialización del objeto artístico: “El arte conceptual significa una obra en la que la idea tiene suma importancia y la forma material es secundaria de poca entidad, efímera, barata sin pretensiones y/o ‘desmaterializada’”.

A veces es difícil acceder a esos conceptos. Sin embargo, me doy cuenta de que el pedido de Marta fue aún más ambicioso y demandó mucho tiempo. Tardé días en conseguir un pantalón blanco, un abrigo blanco y un espejo de mano. Temí no poder encontrar a mi alma gemela sin ese kit.

Tres colores

Faltaban cinco días para que Marta hiciera su performance. Todavía no había conseguido nada de lo que necesitaba. Incluso bajar la aplicación había sido un problema porque mi teléfono no tenía memoria suficiente. El camino al día del encuentro era parte de la obra, no había dudas.

La cantidad de instancias que presentaba la obra de Minujín hacía que estuviera repleta de límites. La instancia digital de la performance estaba supeditada a una serie de programadores pagos por la Bienal que no aseguraban ningún tipo de efectividad de la aplicación. Por ejemplo, una gran amiga (aspirante a médica y ajena al mundo del arte contemporáneo) la bajó desde el living de mi casa y respondió las preguntas, pero algún algoritmo quedó sin resolver y lo que vio no fue la imagen de su alma sino una pantalla negra:

-Una mierda la aplicación.

Así sentenció el cierre de la bienal.

Para comprender los límites del arte digital me recomendaron consultar al colectivo Básica TV. El grupo se formó en 2012 y está integrado por tres uruguayos: Guzmán Paz, Emilio Bianchic y Luciano Demarco. La obra de Básica TV nace de las actitudes relacionadas a sobre-exposición y lo estereotipado, pero con una perspectiva lejana al encasillamiento. Además, muchas de sus obras parten de imágenes digitales, como fotos de redes sociales o videos de YouTube. Por si falta aclarar: las obras se han expuesto en dispositivos electrónicos como por ejemplo -valga la redundancia- televisores.

Los tres son de Montevideo, pero viven en una casa en Villa Crespo desde marzo de este año. Comparten el espacio con otros artistas que tienen sus estudios instalados allí. Me abrió la puerta un chico flaco, con el pelo de tres colores: raíces negras continuadas de rubio oxigenado y luego blanco -o gris- hasta las puntas. Era Luciano Demarco. Lo miré a los ojos. Nos miramos a los ojos. Pasó algo, no sé qué. Me sonrió. Me pasó algo, no sé qué. Me invitó a entrar.

Sentados en la mesa y a punto de almorzar a las cuatro de la tarde, estaban sus otros dos compañeros, Emilio y Guzmán:

-La obra de Marta tiene múltiples instancias. ¿Qué limitaciones aparecen cuando una obra depende de tantos elementos para poder consolidarse?

-Para empezar: la gente. Porque podés bajar la aplicación y todo, pero si todos los que la usaron no van al Puente, la obra no está lograda- dijo Luciano mientras me miraba y yo le devolvía la mirada con profunda atención. Me puse algo nervioso cuando cruzamos miradas y sabía que otro de sus compañeros había empezado a responderme, pero no podía dejar de observar a este chico de pelo multicolor.

-Es una obra super demandante y eso también la vuelve limitada: tenés que bajarte la aplicación, vestirte de blanco, tener un espejo de mano e ir al puente el sábado a la tarde. Si eso funciona es porque importa quién lo hace. Ella lo va a lograr porque es Marta, pero no sé si otro lo lograría- afirmó Emilio, a quien le pude prestar atención porque Luciano se había ido a buscar su iPad para mostrarme cómo era el color de su alma.

-Sí, la perfor tiene muchas limitaciones, pero por ejemplo, aunque no vaya nadie al puente o no estén todos vestidos de blanco ¡es una obra de Marta! Ella va a poder hacer la interpretación que quiera de eso y la obra va a tener que cobrar otro significado tan válido como el original- agregó Guzmán.

Luciano volvió con su iPad. Hubiese preferido que no volviera porque otra vez empecé a mirarlo sin prestarle atención al resto de Básica TV, que siguió analizando la obra de Marta. Creo que todos se dieron cuenta de la discapacidad emocional que sentí. Me puse doblemente nervioso: no solo no podía dejar de mirar a un extraño de pelo multicolor, sino que sentía que los amigos del extraño lo percibían.

Abrió la aplicación de Marta y mostró la imagen de su alma. Era igual a la mía. Luciano y yo éramos almas gemelas para Minujín. Todo se volvió más incómodo. Era oficial que sus amigos percibieron mi extraña sensación y de forma sutil realizaron una pequeña conspiración para que Luciano y yo termináramos como “amigos” en Facebook. No podía ser de otra manera: había que seguir la relación por una vía digital.

Me tuve que ir. No podía seguir haciendo el ridículo. Me sentía un adolescente de trece años. Luciano me acompañó a la puerta. Lo miré a los ojos. Nos miramos a los ojos. Pasó algo, no sé qué. Me sonrió. Me pasó algo, no sé qué. Y nos dimos el beso en la mejilla más tenso y extraño en la historia de los besos. Faltaban cinco días para que Marta hiciera su performance. Todavía no había conseguido nada de lo que necesitaba, pero al menos había encontrado un alma gemela.

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Crítica y verdad

Mi cabeza estaba perdida en el pelo degradado de Luciano. ¿Cómo podía ser eso posible? Apenas hacía 24 horas que lo conocía y lo único que habíamos compartido fue una entrevista incómoda y una charla por Facebook: sólo intercambiamos algunas obras de Básica TV, una canción de Entre Ríos e hicimos un trato en el cual acordamos que si la performance se suspendía porque estaba anunciado lluvia íbamos a pasear por el Museo de Arte Moderno. Sí, la lluvia puede ser más fuerte que el arte.

Conseguí escaparme hacia otra cabellera un poco más cuidada, la de Marta Minujín porque iba a volver a hablar de ella, pero con Rodrigo Cañete. Uno de los personajes más polémicos del mundillo del arte estaba de paso por Buenos Aires y no iba a dejar pasar la posibilidad de opinar sobre una artista que considera que “ya fue”.

-¿Minujín hizo un Grindr ahora?- dijo Cañete haciendo referencia a la aplicación gay que sirve para conseguir sexo espontáneo. Uno crea un usuario, activa su gps, ve a todos los que están cerca y conectados. En pocos minutos, es posible visitar sábanas ajenas.

-No exactamente, porque uno no puede chatear con las almas gemelas para acordar un encuentro, sólo se puede ver dónde están las almas. El encuentro es en el Puente de la Mujer…

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-¿Y eso por qué tiene que ser arte? A ver, hasta el 83 Minujín tuvo como tema central la participación popular alegoría del pop. Cuando el crítico francés Pierre Restany viene a la Argentina y ve su obra, culpa de su ignorancia, la acopla al legado de Antonio Berni, del pop lunfardo y la legitimó. Pero lo que está haciendo ahora…

-¿No lo podés considerar una expresión de arte contemporáneo en lo que se rescata es la idea detrás de la acción por sobre todo lo demás?

-¿Pero cuál la idea? Grindr, esa es la idea. Y ni siquiera, porque como no podés interactuar termina siendo un Grindr frustrado. Marta está organizando una fiesta de disfraces cuya imitación se hace vía application- afirmó Cañete con una dicción entre real y forzada-. Me aburre tanto esto de Marta Minujín…

Lejos de querer entablar una discusión con el tipo más polémico del mundo artístico, terminé mi café y me fui al Museo Nacional de Bellas Artes. El alma gemela que Marta puso en mi camino iba a exponer junto a sus colegas de Básica TV allí.

A pesar de que para Cañete la performance de Minujín no era arte, no se podía dejar de mencionar que el contexto en el que se desarrollaba validaba su obra. Arthur Danto, crítico y filósofo del arte, afirmó en su libro Después del fin del arte que “lo contemporáneo es un período de información desordenada, una condición perfecta de entropía estética, equiparable a un período de una casi perfecta libertad (…) todo está permitido”. También consideró que “la marca del arte contemporáneo” es que los artistas se libraron “para hacer arte en cualquier sentido que desearan, o sin ninguno”.

El autor finalizó: “El arte contemporáneo es demasiado pluralista en intenciones y acciones como para permitirse encerrado en una única dimensión”. Es por eso que la obra de Marta, por más “bizarra” que parezca, es legítima. Como así también lo es lo que hacía Luciano y sus amigos en el MNBA: intervenir la sala de rococó con pantallas en las cuales se veían imágenes prolijamente empapadas de Photoshop.

Ese día Luciano tenía el pelo rojo, atrás quedaron los otros colores. Nos cruzamos en la sala de escultura y pintura francesa del siglo XIX. Nos miramos a los ojos, nos dimos un beso cordial, pero rápidamente me fui del Museo con la cabeza perdida en el pelo degradado y rojo de Luciano.

Figuras entrelazadas

Sábado, y en Buenos Aires llovía. La performance de Marta se suspendió: se pasó para el 4 de julio. Confirmado: la lluvia es más fuerte que el arte (a veces).

Sin embargo, en honor a la artista, cumplí con el trato que había hecho unos días atrás: me encontré con mi alma gemela en el Museo de Arte Moderno. El pelo de Luciano volvió a ser de tres colores. Los mismos tres colores que no había podido definir días atrás.

Entramos, miramos, hablamos, sonreímos. Nos paramos delante de una obra de León Ferrari. Nos miramos a los ojos. Pasó algo, no sé qué. Me sonrió. Me pasó algo, no sé qué. Y nos besamos.

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Happening

Se escuchaba una música étnica a lo lejos, un sonido que volvió místico a Puerto Madero. Estaba completamente vestido de blanco. Me sentía un tarado al estar lookeado como un carnicero, por eso me puse una campera gris que me llegaba casi hasta las rodillas. No podía evitar ponerme los lentes de sol: me ardían los ojos porque tenía mucha resaca. Quería dormir y no sé si quería ser performer de Marta. Hubiera tenido algunas horas más para dormir, pero la performance se reprogramó: se adelantó dos horas porque si no se superponía con el partido de Argentina y Chile por la final de la Copa América. El fútbol es casi tan fuerte como la lluvia: no le gana al arte, pero sí lo reprograma.

Llegué al Puente de la Mujer y me sentí aún más ridículo: poca gente estaba vestida de blanco. El encuentro estaba lejos de ser lo que la artista pretende. Mucha gente estaba de paso y otros ni siquiera entendían qué estaba sucediendo. Se quedaban atónitos cada vez que la voz rasposa de Minujín decía por unos altoparlantes: “Todavía podes bajarte la aplicación Marta Minujín desde la App Store o de Google Play para conocer tu alma”. Había cámaras, periodistas, turistas, curiosos. Pocos performers.

Que el Puente estaba lleno de gente random es un indicativo de que verdaderamente estaba en medio de una performance contemporánea. Claire Bishop, historiadora y crítica de arte, sostiene en su texto Perfomance delegada que en el valor de la obra performática actual radica en el “cuerpo colectivo de cierto grupo social” que participa de la acción. Ella llama a ese fenómeno como “delegación” y lo define como “el acto de contratar a no profesionales o especialistas, remunerados o no, para asumir la tarea de estar presentes y ejecutar acciones en nombre del artista en un tiempo y un espacio particulares”. Hace más de quince días Marta hizo las contrataciones vía YouTube, cuando dijo “bajate la aplicación Marta Minujín Y LISTO”.

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En los extremos del puente había unas bellas damas que, vestidas de rojo, tenían unos iPads para que aquellos que se acercaban y querían participar pudieran hacerlo. Las chicas sonrientes les leían las preguntas, las personas respondían y cuando veían el color de su alma las promotoras de la Bienal de Perfomance les pegaban un sticker del mismo color que la imagen que se veía en la pantalla. Además, les daban un espejo para que pudieran participar con el kit entero.

De repente la música mística dejó de sonar. La voz de Marta dijo: “Ahora buscá a tus almas gemelas”. No sabía qué hacer. En verdad me sentía un tarado, sobre todo porque nadie se esmeró por buscar a sus almas gemelas. En ese momento pensé: “Marta, ya encontré un alma gemela, ¿igual me pongo a buscar más? Con una me alcanza”.

Tímidamente algunos empezaron a moverse en busca de quienes tuvieran el mismo color de alma. Se empezaron a formar rondas, algunos más relajados se abrazaron con sus almas gemelas y gritaron: “Arte arte arte arte”. Aquellos que habíamos imaginado el gran abrazo popular entre los grupos de almas nos sentimos decepcionados.

Me acerqué a una ronda de personas con las que compartía el color de alma. Vestían camperas de cuero, tapados de piel, botas, cinturones con hebillas sofisticadas. Abogados, arquitectos, diseñadores gráficos, algunas de las profesiones de quienes estaban alrededor mío. Ví que un grupo de gente, a pesar de que no terminaban de entender bien de qué iba la cosa, se amontonó contra la baranda del puente para ver a Marta llegar en un helicóptero para tirar pétalos de flores. Estaba seguro de que el mes pasado les gustó artebarear y este mes performear.

De repente la voz en off de Minujín dijo: “Ahora levantá tu espejo hacia el cielo”. Todos lo hicimos. Pero a los pocos segundos todos nos cansamos y casi de forma coreográfica cambiamos de brazo. El agotamiento físico se convirtió en otra limitación de la obra.

A lo lejos ví que se acercaba. Sí, efectivamente en un helicóptero. Marta estaba vestida de negro y tiraba petalos desde el cielo, pero no al puente sino en el canal de Puerto Madero. Los iba sacando desde una bolsa similar a la de cualquier supermercado y los esparcía con su mano. Mientras volaba, la voz de la artista dijo: “Ahora, respirá y disfrutá de los pétalos”.

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Pasó un minuto y medio y ya no hubo Marta, ni performance, ni arte. Sólo fotógrafos frustrados porque lo efímero de la obra no les permitió sacar buenas tomas, así que se pusieron de acuerdo entre ellos para que uno tire pétalos al cielo y el resto los fotografíe.

Todo terminó. Los participantes se quedaron con ganas de tener hojas perfumadas en sus casas así que se agacharon a juntarlas. Las guardaron en sus abrigos, en sus carteras, en cualquier lugar. Otros prefirieron tomar selfies, mandar tuits y audios de whatsapp contando la hazaña.

Al final de cuentas, Marta ganó. Realizó una performance que empezó en el mundo digital y terminó en el mundo digital. De eso se trató todo: de la participación popular física y digital. Y también del encuentro con un otro. Por eso pensé en mi alma gemela cuando la performance terminó. Pensé en que estaba durmiendo con resaca, con la misma resaca que tenía yo: nos emborrachamos juntos. Pensé que, en definitiva, como dijo el artista Federico Peralta Ramos en 1983, “el arte es tener talento para vivir una vida maravillosa” y gracias a todo lo que implicó participar de la performance de Marta lo estaba teniendo.