“¿Cómo fue crecer mientras el mundo alrededor entraba en disolución?”, se pregunta Robles en la contratapa de su novela. La historia, narrada en la voz de un adolescente de los 90, nos sumerge en una empatía generacional que permite decir: “¡Viva la evolución!”

Por Barb Pistoia

los años felices 2

Esta empatía generacional que propone Los años felices, primera novela de Sebastián Robles, nada tiene que ver con el revisionismo sino más bien con la visión que nos quedó y nos forma (¿o deforma?) aún hoy.

Empapada de acontecimientos, algunos explícitos y otros matizados o silenciados pero que son profundamente sonoros en nuestros propios registros de época, la novela se vuelve contemplativa y estimulante, de manera irremediable se siente biográfica.

La voz que nos lo cuenta todo es Eric, quien transita diferentes situaciones con toda la ternura, la tenacidad, la torpeza y hasta la impunidad que la energía inagotable de la adolescencia da. El protagonista vive en estado permanente de conflictos que “taotistamente” no lo llevan al victimismo ni a lo heroico.

Eric se ocupa de vivir lo que Robles está interesado en contar: un país y un pibe en llamas en pleno proceso de transición. El país se incendia, el adolescente no. La lectura galopante de Los años felices se construye a partir de querer contar una historia y no de querer hablar de la historia.

Dividida en tres capítulos, el punto de partida es Cemento y la libido aplaude porque nada malo puede suceder si empezamos refiriéndonos a la obra maestra de Chabán. La apuesta se redobla con torneos de masturbaciones, iniciaciones que incluyen el primer acercamiento al romance y al amor, la tan apreciada música de los 90s – tan leal a lo que el mundo se traía entre manos y con la que tranquilamente podríamos armar una secta fantástica – y el reacomodamiento cultural frente a los cambios urbanos y suburbanos, frente a los nuevos empleos y saltos de clases sociales.

El segundo capítulo es Pinamar. Robles está lejos de los lugares comunes y por eso se luce con la dirección que toma esta parte que eleva lo ya planteado. En Pinamar los detalles sutiles de la narración, los escenarios donde suceden los hechos y los conflictos mismos que se desatan, son los encargados de contarnos qué tinte iba tomando el país por fuera de la vida del protagonista y su círculo.

Y llegamos al Ciclo Básico Común, el capítulo de cierre o de apertura. Y en esa dualidad sucede el final de la novela. Nada parece intocable y hay mucho por hacer como para quedarse en sí mismo dando vueltas sobre lo que fue, es o será. Todo pasa y la revolución es no resistirse a lo inevitable.

Si nos ponemos fundamentalistas el libro lo primero que nos da son dos citas, una de Miguel Cané desde su Juvenilia (“Y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejaba allí para siempre!”) y otra de El Cuerpo de Stephen King. Esta última dice “Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar” y esas palabras, finalizada la lectura, habilitan a verlo a Robles pasar airoso entre ellas.

Conmovedora, la novela desafía la ley de gravedad que trae consigo escribir sobre el pasado, nos da la posibilidad de contemplarnos sin adjetivos ni reparaciones pero sí con el goce de “ver con ojos nuevos” (expresión robada a Borges). A las pocas páginas uno ya puede celebrar que es el relato que nos faltaba y que necesitábamos porque en los ‘90 no todo pasó por el neoliberalismo, también pasó esa etapa en la que aprendimos a amar luciendo remeras de los héroes caídos del grunge.

Los años felices son esos amigos con los que vimos el mundo cambiar pero no llegamos a vivir el mundo nuevo, sin embargo, hoy en la distancia, aunque no sepamos nada de ellos y culturalmente nuestra visión este súper curtida de los resultados del diario del lunes, probablemente no estemos muy lejos en muchas de nuestras preguntas y respuestas.

“La calesita seguía girando del otro lado de la ventana. Un grupo de chicos de nueve o diez años, recién llegados del colegio, formaban fila para subir. Lo hacían desorganizadamente, gritando y cantando. El único adulto en el horizonte llevaba una sortija en la mano. Me imaginé a mí mismo formando parte del grupo. Ninguno tenía grandes preocupaciones, o por lo menos las preocupaciones se habían borrado por un rato. Más tarde se irían a sus casas a almorzar, donde alguien –una madre, una abuela– los estaba esperando con la comida en la mesa.

Después venía la siesta, los dibujos animados, la tarea para el día siguiente.”

Varias páginas después Eric habla de revolución y el solo hecho de pronunciar esa palabra nos confirma que tiene total conciencia de que la calesita seguirá girando tanto como el Universo que no para. Y ahí sí, en esa conciencia, se halla la distancia con lo que fue y lo que ya no está.

Los años felices, de Sebastián Robles, Buenos Aires, Pánico el pánico. 2011.

los años felices entero

La novela que salió de la web, va volviendo a la web:
– El Centro de Estudios Contemporáneos – CEC subió hace unas semanas Los años felices para descarga gratuita http://elcec.com.ar/2015/03/29/los-anos-felices/

– A fines de junio comienza a rotar Los Cartógrafos, un podcast de Rosario Bléfari, Nahuel Ugazio y Romina Zanellato. Los años felices será de la partida y ese episodio ya fue grabado. Santiago Pedrero fue el elegido para leer un fragmento que será musicalizado por Temporada de Tormentas. Para saber cuando sale al aire pueden seguir las noticias por http://loscartografos.tumblr.com y https://twitter.com/loscartografos