Desde que Hiram Bingham descubrió Machu Picchu hace 100 años atrás, la ciudad misteriosa cautivó a personas de todo el mundo. Aquí, una crónica de su recorrido y de sus secretos.

Por María Soledad Fernández


Foto María Soledad Fernández

Suena el despertador, son las 3 y media de la madrugada de un día de verano. Lluvia y silencio en Aguas Calientes. Después de atravesar durante 4 días los hermosos pueblos de Ollantaytambo, Santa Maria y Santa Teresa y de recorrer entre montañas los caminos que los Incas caminaron, hoy es el día del comienzo del fin de la aventura que se inició en Cuzco hacia la hermosa Ciudadela de Machu Picchu.

Piloto, mochila, zapatillas resistentes al barro, sueño y una ansiedad que parece no tener fin acompañan la osadía. Con el río Urubamba de fondo y entre bostezos empieza la caminata hasta el puente que marcará el comienzo de “la escalera al infinito”. En la oscuridad de la noche y sintiendo en cuerpo y alma el cansancio de la travesía es imposible no preguntarse si todo ese esfuerzo realmente valdrá la pena. El frio desespera y la ropa mojada simplemente congela los huesos. Son las 6 de la mañana, la lluvia no cesa y el millón de escalones quedaron atrás ya. Las puertas del “paraíso” aún permanecen cerradas y ahora solo hay que esperar, acurrucarse y esperar.

Comienza a amanecer y con la claridad termina de armarse una eterna fila, todos los presentes están ahí por un único motivo: ver con nuestros propios ojos los restos de esa ciudad milenaria hecha por hombres en el medio de la nada misma.

Son las 7 en punto y Machu Picchu finalmente nos da la bienvenida, junto con las nubes que circulan por ahí, bajitas, entre nosotros. Intentar explicar la sensación de inmensidad es francamente imposible, por momentos se tiene la extraña sensación de estar contemplando un paisaje de cuento, de fantasía. No hay fotografía, ni imagen de Travel Channel vista que pueda transmitir la belleza real del lugar “en vivo y en directo”.

Recorrer la Ciudadela mientras el guía relata la historia impacta del mismo modo que el paisaje. Los Incas conquistaron el Valle de Cuzco, allí se instalaron y extendieron por todo Perú haciendo crecer, a fuerza de sometimiento y violencia hacia otros pueblos, todo su Imperio. Durante 150 años de conquistas realizaron enormes construcciones, edificios, monumentos y templos. Con la llegada de los Españoles y con el apoyo de los pueblos brutalmente sometidos, el Imperio cae y finalmente desaparece. La Ciudadela extrañamente permanece intacta, una de las teorías es que su construcción fue un secreto que solo las altas jerarquías del Imperio conocían (no se sabe el motivo real pero antes de que estuviera terminada fue abandonada).

Con los colonizadores españoles arrasando con todo el oro y la plata fue imprescindible mantener oculta la existencia de Machu Picchu y así quedó, cubierta de selva, imperturbable a los desastres naturales, durante cientos de años. Hasta 1911 que un profesor estadounidense de la Universidad de Yale descubriría para su fortuna -y la de todos – Machu Picchu, sin dudas, una de las maravillas de este mundo.

Entre el asombro, las caminatas y el deseo de conocer sorprende el almuerzo. El cansancio no se siente y se sospecha que algo del lugar energiza los cuerpos y las mentes, la recorrida se completa con la subida al Waina Picchu (esa montaña que se ve en todas las fotos), a la “Puerta del Sol” y a el “Ojo del Inca”, todos puntos estratégicos que permiten disfrutar desde diferentes vistas toda la Ciudadela. Y asi, acercándose el horario del té ingles, termina “un día en el paraíso”.

«Subo al tren para el regreso y guardo la nota mental y la certeza de que si existiera una lista imaginaria con las cosas que uno no puede dejar de hacer antes de partir de esta vida debería figurar sin dudas: conocer el Machu Picchu”.