Dos de tres explican en cronología los hechos que antecedieron al golpe de Estado de 1973 y una se dedica a narrar las experiencias de la organización espontánea que nació como reacción al boicot económico de la derecha.

Por Bruno Sgarzini

La cámara está entre medio de una camioneta repleta de personas que retornan de sus trabajos. El plano de atrás muestra como los hombres trajeados, de camperas negras y buzos de lana se agarran con un brazo de lo que pueden para viajar con un pie adentro y otro en el aire. De repente el foco se mete y ahí está entre la muchedumbre. Cerca, el cronista entrevista a un señor de bigote recortado que llega a la comisura de su labio. “Este es el momento para que el pueblo demuestre la capacidad de lucha que ha forjado durante este proceso. Aquí se ve el sacrificio que se hace con tal de seguir produciendo”, dice.

Es el año 1973, es el Chile de la presidencia de Salvador Allende, es una camioneta puesta en marcha por los trabajadores para sortear el paro de los “transportistas” de Santiago que busca desgastar al gobierno. Así es el clima de la trilogía La Batalla de Chile de Patricio Guzmán: acción de la derecha para torpedear la economía o la institucionalidad del país, explicación de su por qué y contraofensiva de los partidarios de Allende. Para eso, se vale del archivo de los canales televisivos de ese momento y sobre todo su registro propio de hitos históricos.

Si hay un discurso fundamental de los sindicalistas del cobre o los transportistas que boicotean al gobierno, ahí está un dirigente frente a un auditorio y también está el dato sobre qué cargo ocupó después en el gobierno del dictador y golpista Augusto Pinochet. También se encuentra el debate entre los militantes de la Unión Popular acerca de cómo contrarrestar el avance de los “momios”, como le dicen a los integrantes de la derecha, y las alocuciones de Allende frente a las masivas movilizaciones, en las que la consigna, según muestra el documental, es “crear, crear, crear Poder Popular”.

Detrás de todo va una voz de un tono grueso, grave y claro que pareciera fuera de nombre Jorge y de apellido Formento. Esta es clave en la película ya que le da sentido y visión política e histórica a cada imagen en blanco y negro que se muestra. Aparece, tira un bocadillo, abre unas cuantas bocas y cada tanto hace que alguno que otro se agarre la cabeza.

Es lo que produce, por ejemplo, cuando la escena se ubica en el funeral del edecán naval de Allende, Arturo Araya Peters, y hace un paneo alrededor de los militares congregados: “Hombre de confianza, Araya Peters se había convertido en el principal enlace entre el presidente y los oficiales constitucionalistas de Valparaíso. Meses más tarde, en el exilio en Argentina y antes de su muerte, el General Carlos Praats declaró que una de las razones para eliminar al comandante Araya era impedir que el presidente se informara de lo que ocurría en los círculos militares de Valparaíso”.

De esta manera, el documental responde a cada pregunta de nene de menor a mayor con el fin de complejizar la narración y terminar con una síntesis de los movimientos, estrategias e idiosincrasia existente en ese momento histórico. Quizás, lo mejor de la película sea la sensación de que, a medida que se avanza, se descubre algo nuevo y desconocido. No por eso la trilogía La Batalla de Chile está llena de premios y se vende en cualquier feria de izquierda que uno pise.