En Jaco, Costa Rica, los estadounidenses de clase media veranean todo el año gracias al clima tropical. Dentro de los boliches, siete de cada 10 mujeres ejercen la prostitución.

Por Bruno Sgarzini

La musculosa gris que apenas tapa su ombligo hace juego con sus patines blancos. A su vez éstos entonan un canto al cielo con su diminuto, pero presente, pantalón corto que aprieta sus piernas de una forma tal que su ir y venir por la calle principal de Jaco, Costa Rica, frena el tiempo, las caras y alguna que otra billetera que está por abrirse con la intención de pagar una suculenta cena.

Por las veredas, en cambio, se intercalan jóvenes que van en dirección a la costa con sus tablas de surf, otros de la misma edad que caminan de salida o entrada a sus trabajos de temporada turística, algún que otro turista, y ellos, los caníbales de sombreros del color de la arena de mar, camisas floreadas, shorts de conductor de Discovery Channel y zapatillas con medias u ojotas.

Los caníbales en el día por lo general duermen o toman mojitos de frente al mar en un bar en el que de fondo se observa un plasma enorme sintonizado en un partido de fútbol americano. En su país de procedencia son padres, esposos, profesionales, pero aquí son simplemente un rostro que refleja un Franklin o un Delano, enfocados en distenderse en Costa Rica por las comodidades que les da un lugar preparado y amoldado a ellos. Para eso hasta tienen canales de televisión de Estados Unidos con el objetivo de no modificarles demasiado su hábitat.

A su alrededor se intercalan morenas, rubias, colombianas, dominicanas, nicaragüenses y de todas las nacionalidades latinas que uno se imagine. Sin discriminar raza ni religión, todos saben que la tarde muchas veces es para mostrar la mercancía cuidadosamente custodiada por sus managers deportivos que las traen de afuera. Salen, provocan, como la chica de patines que ahí viene de espaldas con una pierna atrás y otra delante para bajar y subir en un presunto ejercicio de elongación.

La platea contenta aplaude pero no vitorea porque conoce de antemano, cómo buen público que es, que los partidos se ven desde fuera. Aparte también infiere que los negocios, a veces, se hacen a la luz del día y en la mayoría de los casos en los bares o discotecas más concurridas de esta Mar del Plata de Costa Rica de palmeras, locales de comida rápida, restaurantes a precio anglosajón, olas gigantes y resorts acordes a la ocasión.

Por eso, de noche se da en gran escala esa conjunción entre maquinas al estilo fordista. Cada uno cumple su papel. La de patines viene con un vestido blanco que hace de radiografía y unos zapatos cuyos tacos en punta reafirman su postura de pecho adelante y cintura atrás. Las demás se visten de femme fatale, pero con distinto pelajes similares. Ellos van sin sombrero, pero mantienen firme el estilo del resto de su vestimenta que emula a un personaje de American Pie pasado en años.

El paisaje es tan impactante que en caso de ser hombre hay que preguntar a un local por las chicas “malas” y las “buenas” antes de acercarse a pescar a río revuelto una, ya que de cada diez, siete son trabajadoras del oficio más viejo del mundo. Al promediar la noche, los caminos se bifurcan, un par de Clint Estwood abrazan a su latina desde atrás y le besan su cuello, y el público masculino que no quiere participar del intercambio es víctima de un acoso tal que se podría sentir ese hombre de revistas que todas desean.

Pero saben que el costo del carruaje que se vuelve zapallo y el vestido que desaparece es de 100 dólares, así que no se dejan atrapar por esas modelos de revistas. Otros, sobre todo los locales, se mantienen fieles en sus principios y buscan a las blondas similares a Paris Hilton que visitan Jaco con el único fin de andar de fiesta y surfear olas. El mismo estilo, pero distinta onda.