El Estadio Nacional de San José fue un regalo del gigante asiático, que intercambia sus manufacturas por materias primas y utiliza al país como plataforma para colocar exportaciones en el Nafta (México, Estados Unidos y Canadá).

Por Bruno Sgarzini
@brunosgarzini

Rebota, rebota y rebota de arriba abajo y desciende hasta deslizarse por el césped con sus gajos peleándose por ser reflejados por las imponentes luces del estadio. Se dirige hacia el pie de un argentino valuado en lo que cuesta el presupuesto anual de un municipio de Costa Rica. Este la para sin mirarla y, en un movimiento, el balón ya no es de él, sino del aire y de otro compañero que viene, como si perdiera el último colectivo hacia la esquina donde se tiran los centros. Llega, llega, no, no, no llega. Mano a la cabeza, mordida de labio y un puñetazo al aire que devuelve a la niñez en la que todo se protestaba.

La soledad de esa cabeza al cielo con rememoración de familiares es la de un argentino en medio de una cancha llena de ticos. Festejan la inauguración de un estadio donado por China tras la firma de un Tratado de Libre de Comercio, el segundo del país después de uno acordado con Estados Unidos. Del último acuerdo, están las bandejas de comida rápida que pasan con gorras de cocineros y delantales de colores chillones de acuerdo con las marcas internacionales.

Del primero está el estadio que se ve por encima de los edificios y la Sabana, como se le llama al bosque de San José, capital del país. Es un cesto moderno abierto al aire y con fierros blancos que dejan chica la modernidad del siglo XX y asoman en el nuevo hibrido de construcciones que pueden estar aquí, allá y donde esté el dinero necesario. Pareciera que estuviera abierto para cerrarse de un solo tirón si le diera al cielo por llorar.

Adentro, miles de brazos se levantan de un lado, el agua de gente se va hacia arriba. Los asientos chiquitos sin espalda hacen de la cercanía solo un espacio de aire entre hombro y hombro. El arquero pone la pelota en la línea del área chica y la desinfla de un lado para enviarla por los aires y aires. La redonda brilla por los flashes que salen desde todo los lados de la tribuna redonda del estadio.

Al lado una rubia mastica un chicle púrpura con la boca abierta y se enrula una porción de pelo. Su novio de espalda ancha le dice al amigo que el “partido es una estafa” y que “cómo puede ser que el cara de picha de Messi no juegue”. Es que la idea original era que el astro futbolístico rompiera una botella de champagne en una columna del estadio. Así hubiese inaugurado esa edificación construida en año y medio por una flotilla de chinos que trabajó a luz, sombra y cama caliente.

El partido no se detiene a escuchar el “bsbsbs” de la tribuna y el relator de la radio toma la posta: “Mascherano se la pasa a Biglia, éste tira un pase largo a Gaitán que la para con el pie y la deja cómoda para continuar a toda velocidad. (Rsss, interferencia, no se escucha nada, voz de mujer) Este TLC es un importante mecanismo que busca estimular la producción nacional. (Voz de hombre) Se acerca un jugador contrario, (Voz de mujer) diversifica la oferta exportable, tira un pase en cortada para Zabaleta que corre hacia dentro del área chica, (voz de mujer) fomenta la inversión, la cooperación y más y mejores empleos,(voz de hombre) pero no el lateral vuelve a quedarse corto, (voz de mujer) busca seguir cultivando la relación comercial y política”.

El muchacho intenta arreglar la antena de su aparato pero no hay caso, la presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, dijo sus palabras y la jugada se perdió en los videos de los archivos deportivos. Más abajo, en la única zona natural del estadio, un tico se la pasa a uno y en dos pases ya el delantero del equipo, un pelado que de atrás pareciera que se hubiese bajado de un caballo, avanza directo al área de gol, pero remata por arriba del arco.

La voz del estadio aprovecha el momento para dar un aviso sobre el TLC: “Las exportaciones chinas que gozarán de reducciones arancelarias al entrar en el mercado costarricense incluyen principalmente las materias primas y productos textiles, productos de industria ligera, máquinas, equipos eléctricos, vegetales, frutas, automóviles, productos químicos, productos de piel sin procesar y productos de cuero, entre otros”.

No se le entiende nada porque su voz se pierde en la gravedad y el eco del estadio abierto hacia el espacio. Ya no se entiende porque todo transcurre en el medio y los dos equipos se pelean por quién pierde más rápido la pelota. Se acerca un hombre de traje que se sienta a un costado. Espera que el juego se terminé de meter en el bostezo del negro de al lado para aclarar que “los chinos colocan sus productos manufacturados e inversiones en comunicaciones, minería y petróleo y usan al país como una de sus plataformas de ventas al Nafta (México, Estados Unidos y Canada)”.

Esto, según él, Gustavo Cardozo del Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI), funciona como una política de doble estándar ya que por un lado “actúan en lo económico y realizan obras de infraestructuras viales y marítimas para ingresar con mayor facilidad sus exportaciones al continente, también recortan el espacio de maniobra de Taiwán (república que se independizó de China) en la región al obligar que países como Panamá y Costa Rica rompan relaciones con ella para satisfacerlos”.

Se levanta y se aleja con un pie más arriba que otro. El partido sigue monótono: medio, pelotazo, afuera, saque, cabezazo, rechazo hacia la luna, cabezazo, dos toques, medio, pelotazo, saque. Al lado, el pibe de gorra rapera hacia un costado levanta por cuarta vez su mano para llamar a uno de los vendedores ambulantes de comida rápida. Esta vez va por una pizza.

Enfrente pasan dos o tres personas que tapan el juego con sus perfiles en avance. Atrás viene Juan María González, presidente de la Cámara de Industrias de Costa Rica. Se frena y escupe una frase antes de continuar con su partida: “El TLC con China corta las alas a la innovación y al desarrollo futuro de la industria costarricense. Cuando los chinos entregan el 95% de las partidas de una vez es porque saben que es imposible competir con ellos”.

Ni bien se diluye su rostro tapado por la sombra que dibuja la luz que pega en su cabeza, el árbitro de uniforme amarrillo levanta sus dos brazos en alto e indica con una mano hacia el medio el fin del encuentro. De a poco los chorros de gente se esparcen por todo el estadio hacia las salidas. Entre los murmullos, se escucha la decepción por el partido y una promesa de enojo eterno contra Messi por haberse hecho el “lesionado” para no jugar el encuentro.

El refunfuneo se aleja de a poco del estadio que simboliza el acuerdo económico con la superpotencia. La muchedumbre es digerida por las calles de San José y los hechos son explicados en letras por un diario que, en su última página, tiene una nota chiquita que dice: “Según un informe de la CEPAL, a cuatro años de que México firmase un TLC con Estados Unidos, la pobreza en ese país asciende al 55%. Las empresas de origen norteamericano representan el mismo porcentaje si se analiza la nacionalidad de las compañías que trabajan en ese país latinoamericano”.