Una iglesia que devino mezquita para luego ser en un punto perdido en algún lugar de Macedonia

Por IEH

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El día del quiebre la iglesia cambió a mezquita, edificio laxo y circular de techo abovedado que los años y el fuego devolverían al abandono, no sin antes recordar su identidad cristiana. Casi no perdió su nombre y aún los locales se refieren a Sveti Ilija, a San Elías, cuando sus ojos buscan en la colina esa iglesia ortodoxa del siglo XIII o XIV que no ha existido por cerca de cuatrocientos años. Husa Medin Pasha y San Elías son todavía hermanos. No hermanos de sangre, tampoco hermanos de afecto, no los une ni el amor ni el espanto, no fueron contemporáneos ni coterráneos ni correligionarios, ni siquiera colegas. Pero el día del quiebre sus historias fueron una, y Elías fue Pasha.

La pequeña colina domina Štip, en algún punto de Macedonia, a mitad de camino entre la capital Skopje y Grecia. Es sin dudas un lugar privilegiado desde donde vigilar el centro de la ciudad y el río Otinja, la fortaleza del monte Isar junto a la gigantesca y moderna cruz que por la noche ilumina aquí, allá y en todas partes. Es un bello mirador desde donde ver y ser visto. Quizás por eso les gustó a los otomanos que construyeron la mezquita Husa Medin Pasha sobre los restos de la iglesia de San Elías a mediados del siglo XVII, porque podían ver y ser vistos. Quizás ellos mismos destruyeron San Elías, quizás fue el tiempo.

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En la puerta del edificio y casi oculto por mugre, polvo, mierda de aves y demonios varios, un cartel azul señala que el sitio cuenta con la protección de algún ministerio local, de alguna organización internacional, de alguien, de cualquiera; señala que existe un valor cultural e histórico notable. El abandono y las aves que cagan se mofan del cartel: no se dan por aludidos. Allí está la puerta, evidentemente reciente, de chapa liviana y berreta pintada de blanco, con rincones oxidados, marcas de piedrazos. Y una pesada cadena bloqueada por un candado. Al minarete, en cambio, puede accederse sin problemas y su intrincada escalera en espiral conduce a una inconclusa cima que permite a algún ágil individuo trepar a la parte externa del domo. Hay grafitis allí arriba. Una paloma atraviesa una ventana rota y se inmiscuye en el edificio para continuar con la parsimoniosa tarea desacralizadora. La veo y pienso que quiero ser paloma para entrar por esa ventana.

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Parece que cuando los otomanos perdieron la zona en 1912 alguien se acordó de San Elías. Leí por ahí que para el día del santo los cristianos peregrinaban a la mezquita en recuerdo del ya no más, o al menos que lo hacían hasta la Segunda Guerra Mundial. Después vendrían tiempos de socialismo en los que la religión no era popular y el museo local usó el edificio para sentar sus colecciones hasta 1956, cuando cerraron la puerta. Y fin. La mezquita cristiana se perdió entre bichos, plantas en los ladrillos, un minarete inconcluso, vandalismo, conflictos interétnicos, fuego y piedrazos. Cuatro tipos fueron agarrados no hace mucho por hacer un pozo dentro del edificio: dijeron que buscaban oro.

Yo también busco algo. Una historia, una lección. Empujo la puerta, forcejeo, por una ranura logro mover la piedra que traba desde el interior, un poco más, meto panza, tiro la mochila adentro, pasa una pierna, pasa el pecho, pasa otra pierna. Y estoy. Lo primero que veo es mierda, alfombras llenas de tierra y el pozo que hicieron los cazadores de tesoros. Cuelgan de las paredes cuadros con frases en árabe y fotos de la Meca, pero el resto de la decoración se ha perdido: el techo no tiene color. Hay humedad y el aire está teñido por el asqueroso zurear de las aves que suena casi líquido. Se han posado en el mihrab, miran a oriente como tantos antes que ellas y me pregunto a qué profeta oraran desde su nido. Pero decido dejarlas en paz. Nadie más que las palomas reza en esta colina.

Crédito: IEH

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