La muerte del mítico artista el pasado 10 de enero, tan solo dos días después de presentar su disco Blackstar, fue un shock para el mundo de la música. ¿Cómo se escucha su último legado?

Por Florencia Pasquali
@flopinesss

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Una estrella negra es un cuerpo frío e invisible en el espacio. Se cree que el universo no tiene suficiente edad para hospedar a una de ellas. La emisión de su energía es indetectable, por lo que encontrarla resulta muy difícil. Si bien el universo todavía no es lo suficiente maduro como para albergar a una estrella negra, sí tuvo la oportunidad de dejarse encandilar por la más extravagante de todas.

Con una paz escalofriante, David Bowie se enfrentó con su propia mortalidad en su último álbum ★, lanzado el 8 de enero, día de su 69ª vuelta al sol que a su vez coincidió con el cumpleaños número 81 de Elvis Presley.

En 1960, el rey del rock and roll cantaba:
Todo hombre tiene una estrella negra
Una estrella negra sobre su hombro
Y cuando un hombre ve su estrella negra, sabe que su tiempo
su tiempo ha llegado.

“Cuando discutimos los posibles tópicos para el arte de tapa del disco se apuntaba a algo más universal y no tan específicamente sobre él”, dijo el diseñador gráfico del álbum Jonathan Barnbrook.”La idea de mortalidad estaba ahí, y por supuesto también la idea de un agujero negro chupando todo, el Big Bang, el principio del universo y si es que hay un fin. Estas son cosas que están relacionadas con la mortalidad”. Barnbrook también observó que el símbolo de la estrella [★] en vez de escribir “Blackstar” tiene una finalidad con cierta oscuridad y una simplicidad que se adapta muy bien a lo que representa la música.

En 2013, Bowie decidió pinchar la burbuja del silencio en la que se mantuvo protegido durante 10 años y con The Next Day retomó gran parte de su pasado de los años 70 con una fuerte cuota de rock, funk, soul y nostalgia. En el caso de ★ es todo lo contrario: reclutó a un nuevo conjunto de músicos de jazz para darle un nuevo giro al álbum. Entre ellos se encuentran el saxofonista Donny McCaslin, el guitarrista Ben Monder, el baterista Mark Guiliana, el pianista Jason Linder y el bajista Tim Lefebrve, todos músicos reconocidos en la escena del jazz por sus riesgos a la hora de abordar el estilo.

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Con la reinvención como razón de ser, Bowie demostró que todavía a los 69 años y con la muerte que lo acechaba, era capaz de reencontrarse con su etapa más experimental y renacer una vez más. “El objetivo era, de todas las maneras posibles, evitar el rock & roll”, detalló su histórico productor habitué y amigo Tony Visconti. “Si hubiéramos empleado a los antiguos músicos de David, tendríamos gente del rock tocando jazz. Y con gente de jazz tocando rock, le damos la vuelta”. Bowie y Visconti continuaron trabajando con las voces, cortando y retocando las partes con el efecto ADT (Automatic Double Tracking), lo que terminó de darle ese toque de inframundo a Blackstar.

Si bien las canciones que integran el disco no siguen una estructura tradicional, resulta ser bastante accesible gracias a la fuerza de sus melodías y la consistencia de su sonido, donde el saxofón de Donny McCaslin es el protagonista de los momentos auges del álbum. En el caso de “Tis A Pity She Was a Whore” y “Sue (Or In a Season of Crime)”, son singles que fueron lanzados un par de años atrás, pero esta vez cuentan con ese toque oscuro y batería constante y un saxofón que lleva al borde de la desesperación. A lo largo de todo el disco, el jazz se mezcla con oscuras armonías ambientales, lleno de códigos, drama y una brutalidad que hoy resulta devastadora.

Blackstar no se parece a nada de sus trabajos anteriores. Para empezar, es el primer disco en el que Bowie no figura en la tapa. La oscuridad se encarga de inundar todo el diseño del arte del álbum, donde no sólo sus páginas son negras, sino que también las letras lo son por lo que resultan difíciles de leer. Las fotos que figuran en las primeras páginas están subexpuestas y muestran al principio a un Bowie con los ojos vendados, de pie y con una pose algo desafiante. Más adelante, aun con la mirada oculta, aparece otro Bowie indefenso en un rincón, y más tarde cuando logra sacarse la venda de los ojos se encuentra con la cabeza agacha. La única imagen que se puede ver claramente, ya sea porque no está oscura y se puede apreciar mejor la cara del músico británico, muestra a un último Bowie de perfil, vestido de negro y en el cielo.

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¿Cuántas veces se cae un ángel?
¿Cuántas personas mienten en lugar de hablar honestamente?
Él caminó sobre suelo sagrado y le exclamó a la multitud.
Algo sucedió el día en el que él murió.
El espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado.
Alguien más tomó su lugar, y valientemente exclamó: soy una estrella negra.

En la contracara de la tapa, Bowie decidió resaltar estos fragmentos de Blackstar, la canción más larga y con más letra del disco. Las interpretaciones pueden variar bastante, lo interesante es la parte que se eligió para destacar, donde se menciona a un posible sucesor que tal vez siga el camino de la estrella negra, o no. McCaslin contó que le dijeron que la canción se trataba sobre ISIS, pero aun así es difícil de asociar con semejante contexto dando vueltas.

Tanto por la lírica que acompaña el sonido oscuro de las canciones como en los dos videos que se lanzaron, ★ está cargado de símbolos y mensajes, ocultos y no tanto. En Blackstar, una mujer encuentra el esqueleto de un astronauta (¿Major Tom?) en su traje. Cerca de la zona del corazón, hay un parche de una cara feliz bordada. Podría pasar desapercibida como cualquier dibujo típico de un rostro sonriente, pero no en este caso, cuando la cara es la misma que Gerty, un personaje de la película Moon de Duncan Jones. Un tierno mensaje para su hijo. Luego la mujer extrae la calavera con diamantes del astronauta, mientras que el resto del esqueleto se echa a volar hasta desintegrarse en el espacio.

En el caso de “Lazarus”, todo es más explicito pero aún así no deja de ser sutil. Una mujer tenebrosa sale de un armario y se esconde debajo de una cama que pareciera ser de hospital. Allí yace un Bowie que tiembla con los ojos vendados, exclamando que está en el cielo con cicatrices que no se pueden ver, aullando que está en peligro y no tiene nada que perder. Y ahí es cuando empieza a levitar. La mujer tenebrosa lo pone nervioso, lo observa y lo señala. Aparece otro Bowie con los ojos al descubierto, bailando y escribiendo, a veces preocupado y a veces feliz. El vestuario que lleva puesto es otro, que utilizó en la contraportada de Station to Station, donde se lo ve dibujando con tiza un Sefirot del “Kabbalah”, lo que se conoce como el árbol de la vida. Se trata de uno de los símbolos cabalísticos más importantes del judaísmo que alude a una fuerza de vida que representa las distintas etapas de un proceso creativo. Cerca del final, algo lo arrastra y no lo puede evitar: entra al armario y cierra la puerta de su propio ataúd.

En “Girl Loves Me” se coquetea con el hip hop, donde algunos le atribuyen la influencia de “To Pimp A Butterfly” de Kendrick Lamar y su particular interpretación del estilo. La letra está escrita con una mezcla entre el Nadsat, lengua que utilizan Alex y sus droogies en La Naranja Mecánica, y el Polari, una jerga utilizada por una cultura gay británica en la mitad del siglo XX. Allí, Bowie canta “I’m sitting in the Chestnut Tree Cafe, Who the fuck’s gonna mess with me?” El Chesnut Tree Café es el lugar donde se reúnen los criminales mentales del libro “1984”de George Orwell, uno de los 100 libros favoritos de Bowie. Allí, el protagonista Winston Smith se sienta al final de la novela y anticipa tranquilamente una bala en la cabeza.

“Dollar Days” se muestra de una manera tan frágil pero que a la vez nunca confiesa nada. “I’m trying to, I’m dying to (too)”, repite una y otra vez. Con melancolía, el señor de las estrellas exclama que está intentando y muriendo a la vez. Pero la despedida más estremecedora llega al final del álbum con “I can’t give everything away”. Bowie asegura que sabe que algo está muy mal y describe diseños de calaveras sobre sus zapatos, como previendo que la muerte lo carcomía desde abajo. Constantemente abre un juego de palabras en el que significados contrarios se entrelazan una y otra vez. “No puedo darlo todo”, dice. “No puedo perderlo todo”, completa. Uno da por voluntad propia, otro pierde porque se lo quitaron.

La armónica de “A New Career In a New Town”de Low (1977) se vuelve a escuchar en este auténtico adiós. No todos tienen la posibilidad de hacer de la muerte una obra de arte. Como dijo su amigo Visconti: “Siempre hizo lo que quiso. Y quiso hacerlo a su manera y de la mejor manera. Su muerte no ha sido diferente a su vida: una obra de arte. Hizo Blackstar para nosotros, fue su regalo de despedida”. Una nueva carrera para Bowie en una nueva ciudad, en las estrellas, en la inmensidad, en todos lados, siempre.