Lele Guerchu compartió con Revista Dínamo un cuento inédito en el que las emociones y recuerdos de un inconciente colectivo se fusionan en un relato exquisito. Ilustrado por Virginia Torralba

Por Lele Guerchu

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El 29 de marzo de 1979, algún mocoso, borracho o simple malviviente con ganas de matar perros, dejó albóndigas con trozos de vidrio en la calle. Un perro negro, raquítico y deshilachado, puro corazón que Santiago había encontrado años atrás en el puerto, comió una de esas bolas de carne infernales. Después de una noche de aullidos, llantos y vómitos de sangre que fueron trapeados por Jesús Mendoza, el 30, el perro amaneció muerto. Para Santiago fue un duro golpe el deceso de su único compañero, que se acostaba las tardes otoñales a hacerle compañía, degustando los huesos que sobraban del asado. Santiago se sentaba en la acera, veía volver a los obreros del trabajo a la casa y cortaba pedazos de melón, que comía con jamón crudo, o salamín picado fino con pan y queso, mientras esperaba la pensión de la Segunda guerra.

Moreno era un barrio incipiente, tranquilo, poblado a medias, de casas bajas y construidas con el tiempo libre de los trabajadores y refaccionadas cuando a alguno le sobraba un poco de sueldo. El aire caluroso del verano cedía su paso a brisas frescas que se llevaban, al caer, la hojarasca amarilla y gris. Tan duro fue el golpe, que no importó la alegría que implicaba tener en casa a su primogénita, que fin de semana por medio venía de la capital. Esa tarde sabática, Santiago la pasó cavando un pozo en el patio, mezclando sus lágrimas de tristeza con el sudor del trabajo.

Gallego de 67 años, vivió siglos de experiencia. Había combatido en dos guerras; había abandonado a su familia católica y monárquica en Castellón. Ellos lo llamaban “rojo” y los roces políticos e ideológicos en tiempos de Guerra civil lo impulsaron a la partida. Había sido prisionero de los rebeldes franquistas; vendido como soldado al ejército nazi en la Segunda guerra; combatido a los comunistas en Rusia, donde se le congeló el pie izquierdo. Después de errar años por el mundo como marinero, conoció a una peruana, hija de franceses e italianos, del barrio del Callao, Lima, Perú. En el 50 se casó y se vino a la Argentina, país más avanzado y más civilizado, en un continente plagado de indios y negros, como solía protestar.

Ahora cavaba el jardín solo, ante la mirada de sus hijas María del Carmen y María del Pilar y su mujer, Jesús, que lo invitaban y persuadían a que entrase a tomar un té caliente, para no resfriarse con el aire fresco del ocaso. Desde un principio no reaccionó con ira, sino que se tragó la angustia y la bronca. Enterró al pobre animal, le tiró la tierra arriba y se dio una ducha fría en el patio, como acostumbraba hacer diariamente cuando anochecía. Después de cenar en silencio no aguantó más y tosió con un alarido perruno que espantó a su familia y que repetiría toda la noche.

El sábado amaneció con cara de piedra y mucho malestar, sin fuerzas siquiera para ir al baño. Lo fue a saludar María del Carmen a la cama, antes de hacer unos mates. La tos era insoportable.

-No podés seguir con esa tos, pa, voy a llamar al médico.
-No hace falta, muchacha. Es una simple congestión. Para mañana, estaré bien, y podréis dejar de preocuparos.
-Haceme caso, pa. Ahora le digo a Pili que te haga unos masajes. Ya estoy llamando al doctor que venga a revisarte. Nunca te escuché toser tan fuerte.

Era Semana Santa. Ese año, Santiago no tenía ganas de hacer la clásica paella en el fuentón. Todos los años, en época de cuaresma, se levantaba a las seis con el sol y se pasaba la mañana cortando vegetales, friendo frutos de mar, revolviendo el arroz, saboreando el guiso, agregando azafrán, cocinando caracoles, contando anécdotas. Los almuerzos en familia eran un manjar y avisaba a los vecinos de la cuadra que se vinieran con ollas, platos y tazones para probar un poco y llevarse si sobraba en demasía. Así venían Doña Marta, la panadera, Don Vicente, obrero metalúrgico, Raúl, el carnicero. Ese año, el dolor por la muerte de su mascota lo retuvo triste en la cama.

El doctor llegó a las dos horas. Le revisó los ojos, las orejas, la respiración, le apoyó el frío fonendoscopio en la espalda. Concluyó que, si bien era fuerte, no se trataba más que de un resfriado, cosa que se quitaba con baños de vapor, reposo, mucho líquido y, más que nada, suspendiendo las duchas en el patio. Santiago lamentó no poder ofrecerle al doctor un poco de paella, pero le agradeció, y le dijo a su hija que lo acompañara a la puerta y le pagara con la plata de su morral. El doctor guardó sus instrumentos, levantó el sombrero, deseó felices pascuas y se fue a tomar el colectivo.

Sin embargo, la tos empeoró. Las energías de Santiago se extinguían. Estaba la molestia en el pecho por el resfrío, un dolor inmenso por la pérdida del perro y, sobre todo, cierta sensación de cansancio, de fin y redención. Jesús cocinaba pollo con verduras. Santiago no llegó a oler tal fragancia; mientras su hija menor lo acariciaba, tras el masaje de pies, de un momento para otro, dejó de toser, de respirar y de existir. Como si se hubiera apagado.