Todos hablamos de amor; sufrimos o gozamos por amor. ¿Pero qué es? Una crónica reflexiva


Por Agustina Ordoqui
@agusinha

Pont des arts. 2013. Foto: Agustina Ordoqui

Pont des arts. 2013. Foto: Agustina Ordoqui

Amor. A, eme, o, erre. La palabra de cuatro letras más compleja; un tema trillado de las canciones de rock, de pop, de lo que sea; el principal motivo de consulta en el diván; material para los chismes de media tarde. Amor, desenfreno, locura. Desamor, ruptura, sufrimiento. “En el fondo todos queremos amor”, repite algún amigo. Pero… ¿qué es amor?

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En el puente de Brooklyn, en Nueva York, unos candados asoman como si estuvieran en el Pont des Arts de París. Los dejaron algunos enamorados. El Pont des Arts, dicho sea de paso, se desplomó una vez por el peso de los candados de quienes buscan sellar su amor. Un peso que logra quebrar puentes y obliga a las autoridades parisinas a emprender una campaña para que los enamorados dejen su huella en otro lugar.

La postal de Brooklyn se repite en otros puentes, en otras ciudades. Tímidos candados van ganando terreno y hasta en el Puente Avellaneda, que cruza el Riachuelo, se puede ver alguno. ¿Están los enamorados dispuestos a copar los puentes del mundo?, ¿los harán desplomarse uno por uno con el peso de su amor?

En París, una vez al mes la municipalidad pasa la topadora de candados; algunos duran ahí un par de días y otros tal vez años. Los cortan, los sacan y los tiran, y de esa forma así alguien rompe ese sello que se pretendía para siempre. ¿Existe el amor para siempre o es tan efímero como lo que dura el candado en el Pont des Arts? Y lo más importante: colocar un candado… ¿eso es amor?

Puente de Brooklyn. 2015. Foto: Agustina Ordoqui

Puente de Brooklyn. 2015. Foto: Agustina Ordoqui

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Hace algunos años me puse de novia. Fue en un McDonald’s de Mar del Plata. Yo tenía 17 años, y un local de comidas rápidas era como una cena a la luz de las velas. Un año después, mi (ex) novio y yo quisimos dejar nuestra huella en esa ciudad que para nosotros era emblemática. Elegimos una piedra en Playa Chica y estampamos nuestros nombres. Pasamos en Mar del Plata seis veranos más y, aún así, nunca volvimos a encontrar esa piedra, tapada por el musgo o quizás desgastada por el tiempo. Como sea, ya no estamos juntos.

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En Sleepless in New York, presentada en el último Bafici, el director Christian Frei propone a un grupo de personas a las que les rompieron el corazón hacer un seguimiento de cómo llevan la ruptura. Una de ellas, Alley, corta con su pareja de toda la vida. Él la dejó por otra, y en la mayoría de sus apariciones llora, moquea. Como parte del proyecto, el grupo es estudiado por la prestigiosa antropóloga Helen Fisher, experta en la biología del amor.

Según Fisher, al ser dejado se activa en el cerebro el mismo estímulo que la adicción y, por eso, cuando el otro nos abandona, nos encontramos en la cruel paradoja de amar y necesitar más que nunca a esa persona. “Ser dejado nunca es buen negocio”, reflexiona. Alley confirma la teoría.

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“¿Cuántas personas tienen un orgasmo en este momento?”, se pregunta Amélie en la película homónima de Jean-Pierre Jeunet. ¿Y a cuántas personas les romperán el corazón ahora mismo? Si se presta atención, como pide Amélie, ¿se las escuchará también?

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Mar del Plata fue el último lugar al que aquel novio y yo fuimos de vacaciones. Las cosas no funcionaban, pero igual lo intentábamos. Pese a saber que la relación llegaba su fin, la hicimos durar por nueve meses más. ¿Por qué? Por amor, o eso creíamos. Amor a lo que habíamos sido, a lo que habíamos construido juntos. En fin, no sirvió de nada. Más que amor, quizás era miedo a perder.

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En la novela Los Enamorados, de Alfred Hayes, el protagonista enloquece por una mujer cuando ésta lo deja por otro. Como ya no la tiene, la necesita. Un día ella vuelve, pero no queda ni fuego, ni cenizas, ni nada. Él sufre igual porque fue abandonado, y extrañarla es su adicción.

El personaje de Rosey La Rouge, también en Sleepless in New York, sufre por un amor ridículo, absurdo. Conoció a un hombre en un desfile del que ella participaba. La enamoró en cuestión de minutos. No hubo sexo, se vieron tan solo una vez, pero eso bastó para iniciar una relación a distancia cargada de promesas que jamás se cumplieron. La relación siguió por mensaje de texto, hasta que los mensajes se espaciaron y ella cada vez lo necesitaba más. ¿Es eso amor?

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Centro Cultural Gabriela Mistral. 2014. Foto: Agustina Ordoqui

Centro Cultural Gabriela Mistral. 2014. Foto: Agustina Ordoqui

Cada uno o dos meses, el Centro Cultural Gabriela Mistral de Santiago de Chile cambia sus murales. Cuando crucé la cordillera por primera vez, en abril de 2014, una inmensa pared negra se preguntaba con letras blancas qué era el amor. Un corazón rojo lo decoraba, y abajo cientos de personas habían dejado su respuesta: su propio nombre y el de su enamorado/a. Pocas frases sueltas decían “Que esté conmigo aunque no la merezca” o “Es ver cómo los demás son felices”. “Baby, don’t hurt me, don’t hurt me”, se leía en alusión a la canción What is love, de los noventa.

En Chile, conocí a un francés, el primer hombre con el que salía después de haber terminado aquella relación de casi siete años. El comentario de mi psicóloga fue que había aprendido que existían otros hombres, que podía construir y sentir con otras personas. Desde entonces, salí con varios: demasiados para algunos, pocos para otros. Algunos me hicieron sufrir, pero por ninguno sentí amor. O por lo menos no sentí eso a lo que yo llamaba amor. Aunque amor… quién sabe bien qué es.