El artista visual venezolano cuenta cómo decidió asumir su vocación como pintor en Argentina. Los personajes anónimos de su muestra Los Nadie parecen reflejar su exploración en pos de una identidad definida

Por Joanny Oviedo

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Las manos le pican por dibujar y él anda en búsqueda de un disparador. Mira por la ventana del colectivo, voltea hacia la gente desconocida de siempre y no encuentra nada que le mueva un pelo. Parece un día cualquiera, sin sobresaltos, hasta que de repente una chica le hace click en el autobús. Flechazo. Él la observa detalladamente a toda velocidad: en solo segundos, ella le hace biiip a la SUBE y encuentra un asiento justo delante del suyo.

Al estilo impresionista, bocetea en un papel lo que vio y completa algunos detalles con el reflejo de la modelo en la ventana –no está fácil: en su bosquejo, ella está de frente, pero desde su puesto solo la ve de perfil. Le da unos toquecitos más y se arriesga: “Mirá, no sé si se parece a vos, pero…”. Ella se busca a sí misma en la obra un instante y exclama simpática “¡Ah!, pero te faltó este lunar” y se lo muestra. Él lo agrega al dibujo y los dos se agregan en el teléfono. Un nuevo “nadie” acababa de convertirse en un nuevo “alguien” en la vida del artista visual Mayro Toyo.

Algunos de esos retratos de personajes anónimos, de rostros fragmentados y ojos tapados o directamente ausentes fueron los que escogieron las curadoras Fernanda Palacios y Agustina Mistretta para exhibirlos en la muestra “Los Nadie”, que presentó en abril este pintor venezolano en el Centro de Investigación Cinematográfica en Buenos Aires como parte del ciclo de exposiciones “Artistas Emergentes” que se viene haciendo desde noviembre.

Nacido en una familia de trabajadores petroleros en la ciudad de Cabimas, estado Zulia, no existía otra fórmula para “llegar a ser alguien” que no fuera la de seguir el camino del oro negro. “La presión social a veces era tan fuerte que yo también lo veía como una meta para mí. Me cuestionaba ‘¿qué voy a hacer?, estoy aquí trabajando en Diseño Gráfico, pero tengo que alcanzar ese nivel socioeconómico esperado’. Entonces, explotaba de estrés y me ponía a pintar”, recuerda Toyo, quien desde pequeño maravillaba a su mamá y sus compañeritos con las caricaturas que hacía en clases en las últimas páginas de sus cuadernos.

De hecho, a los ocho años lo inscribieron en un curso básico de dibujo, pintura y escultura en la Escuela de Artes Plásticas Pedro Oporto, más a modo de recreación que avizorándole un futuro en esa área. “Ellos no lo veían como una posible profesión, sino como ‘¡Ah!, Mayro la está pasando bien’. Yo sufrí eso de que ‘aquí en este país lo que se da es el petróleo y lo que importa es estar en un estatus alto’. Mi papá siempre quería darse muchos lujos y nos quiso inculcar que hay que vivir de las apariencias, asistir a los clubes de Maraven –una filial petrolera ahora fusionada dentro de PDVSA– y codearse con esa gente, pero al mismo tiempo yo estudiaba en una escuela pública, porque había una administración económica familiar milimétrica”.

No era para menos. La cultura de Cabimas se erigió en torno al petróleo, aquel que en diciembre de 1922 les confirmó a los inversionistas extranjeros el potencial del país en materia de hidrocarburos, cuando durante más de una semana chorrearon 100 mil barriles diarios de crudo provenientes del pozo Barroso II que incluso mancharon los techos de las casas aledañas.

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Revista Dínamo: ¿Cuándo comenzó a presentarse ante sí mismo y ante los demás como un artista?
Mayro Toro: Cuando decido salir de Venezuela, pensé: “Voy a usar mis herramientas; voy a otro país y de alguna forma me voy a desenvolver en el arte, no sé si directamente, no sé qué va a pasar, pero yo sé hacer esto”. Acá trabajé un poco de cada cosa al principio y, luego, dije: “¡Lo mío es esto!”. De pronto, me vi haciendo esas cabezas, esas caras, y me di cuenta de que eso tenía que ver conmigo, con la búsqueda de mi identidad. Eso fue hace ya dos años.

RD: ¿Y antes de eso no se tomaba su vocación en serio?
MT: Siempre estaba pintando, lo mostraba, pero no lo manifestaba como “Ey, yo siempre voy a hacer esto”, sino que era como un hobby, “yo sé hacer esto, ¡mirá!”, mas no te daba la seguridad de que lo volvería a hacer mañana. Ahora no, todo el tiempo estoy pintando. Voy en el colectivo y me pongo a dibujar, sale solo.

De capa en capa

“Felicidades, groso. Me encantó”, interrumpe la entrevista un amigo del artista. Luego vienen otros y así sucesivamente. La conversación se entrecorta a cada momento, así que queda pospuesta para el día siguiente. En un café que casualmente cerraría temprano, en un lado de Plaza Serrano que se tornaría peligroso –un amague de robo de bici-, y finalmente, del otro lado de la misma plaza. El diálogo transcurrirá fragmentado, como si formara parte de su repertorio de pinturas o de sus diseños hechos por capas en Photoshop.

RD: En su obra, parece recurrente la descomposición en partes. ¿Qué busca lograr con eso?
MT: Una abstracción. Quiero descomponer y alejarme cada vez más de la técnica realista, del detalle. De más está decir que sé pintar, pero no es eso lo que quiero que mires, quiero dar un mensaje más conceptual, transmitir una idea. Más que transgredir, busco comunicar algo. Yo le pido a mi obra intensidad, que te agarre y te diga “mirá, te estoy hablando”. Por eso, cuando me dicen “¿qué significa ese cuadro?”, les respondo “miralo y decime vos”.

RD: ¿Sin más?
MT: No los puedo limitar, decirles lo que yo pienso es como contarles el final del cuento; cuando yo pinté, ya hablé, ahora disfrutalo vos. Es como el suspenso, que tiene algo que no te termina de matar. Hay obras que se ven misterioras, como la amarilla que se llama “Magdalena” y tiene un poco de Johannes Vermeer por la posición medio de costado de la chica. No es algo lindo lo que estoy haciendo, no es pop, pero los colores son vivos, mientras que esa descomposición de la cara no es algo que un niño vaya a entender fácilmente. Es difícil clasificar mi arte entre los “ismos” o las vanguardias, porque no es como en el siglo XIX o XX, que estaba todo más estructurado en impresionismo, expresionismo, etcétera. Ahora con el arte contemporáneo hay más diversidad.

RD: Ha dicho que sus influencias son Jan Van Eyck y Johannes Vermeer, así como el surrealismo de Reneé Magritte. ¿Cómo se pasa del realismo de los dos primeros a la propuesta más abstracta del último?
MT: Yo fui estudiando por mi cuenta las técnicas de cada uno y aspiro a mantenerme en esa experimentación. Estoy en una constante búsqueda de una identidad, de un estilo propio. Ya el surrealismo lo hago por naturaleza porque es más conceptual. Yo comparto mucho la opinión de Picasso cuando dijo que a él le tomó toda una vida aprender a dibujar como un niño; el tipo pintaba demasiado bien, pero no le importaba eso, él estaba buscando más allá.

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RD: ¿Y usted, qué busca más allá?
MT: Me gustaría vivir de mi arte y no lo veo lejano. Me hace falta tiempo, un art dealer tal vez –se ríe entre en broma y en serio.

RD: Sin eso, ¿cómo ha logrado vender sus cuadros?
MT: Porque la gente cree en ti. Se va convenciendo de que hay una continuidad y una evolución en tu obra, y entiende que no es solo un pasatiempo; entonces, aprovechan para comprar mis pinturas antes de que puedan valer más.

Mientras tanto, continúa en esa indagación interna, a tientas. Sin ojos, como la mayoría de sus personajes.

Para conocer más a Mayro Toyo, acá

Los Nadie de Mayro Toyo
En el marco del Ciclo de Exposiciones ARTISTAS EMERGENTES organizado por el Centro de Investigación Cinematográfica (CIC)