El discurso de Hugo Chávez explica los comienzos del movimiento y reafirma el rumbo del gobierno de cara a las elecciones de 2012. También el porqué de sus once triunfos electorales.
Por Bruno Sgarzini
@brunosgarzini

En los techos de los edificios están tres militares con fusiles alerta a lo que suceda abajo. Dos pisos menos, hay dos más en el balcón de un departamento que sumergen a la imaginación en el momento en el que le tocaron la puerta al propietario para decirle “señor venimos a defender al hombre que bajó la pobreza del 43% al 23%”. A lo lejos, un puntito negro también hace lo mismo con la suba del 130% de la matrícula escolar y la universalidad de los hospitales públicos. De vuelta abajo, en el escenario está parado un hombre de un metro noventa que con su traje y maletín de vendedor de armas deja en claro que se encuentra preparado a enfrentar a cualquiera que pretenda arrebatar por la fuerza el control de la primera reserva mundial de petróleo, según la OPEP, como quisieron hacer en el golpe de 2002*.
Para la defensa de la memoria está el padre Matías, un ex párroco de Petare de bigotes blancos y boina azul, que cuenta como decenas de mujeres y hombres se acercaban a la iglesia con el fin de pedir una solución al drama posterior al Caracazo: Los cuerpos de sangre y balas que rodeaban o impedían el paso en las escaleras hacia la barriada de casas grises de concreto. En ese momento era urgente encontrar una respuesta a las enfermedades que se podían incubar en una zona con escaza ayuda sanitaria. “Eso es real, eso pasó”, afirma el padre, y pide no olvidar jamás a los mártires de “esa rebelión popular”.
Después, un bombo de gritos y chiflidos siguen a la seguidilla de anuncios del locutor. Que “el comandante está ya por venir”, suenan estruendo de voces, que “sólo falta cinco minutos”, se mueve el piso de los saltos, que ahí aparece con una campera deportiva que porta la bandera venezolana de ocho estrellas, se levanta un río de manos. Los llaneros vestidos de beige levantan sus sombreros alados en la primera fila, los obreros de Siderar, la empresa de siderurgia que Chávez le estatizó a Techint por “vaciarla”, hacen lo mismo con sus cascos azules. Las damas morenas de remeras adentro y jean ajustado aprovechan a sacarle fotos con sus blackberries. Ya nadie habla entre sí, todo es murmullo pero de codazos y comentarios por lo bajo. Parece que nunca lo hubieran visto.
Él invita a cantar el himno nacional en un país donde algunos antes no conocían sus estrofas y tenían como deporte predilecto al beisbol y como modelo a las series y películas estadounidense. Afirma que hablara poco porque es domingo, la respuesta es un “noooo” alargado, salteado y desvariado que se pisa entre sí. Rememora “a la rebelión popular que dio nacimiento al chavismo como movimiento”. La compara con lo que sucede en Medio Oriente y señala que “acá ya el pueblo se despertó y por suerte ya está organizado para defender lo suyo”. Se va para la antesala de la mesita de luz y espejo y recuerda la conformación del Movimiento Revolucionario Venezolano. Él sostiene que comenzó a armarlo a principios del ochenta a través de pequeñas células durante su etapa como subteniente.
Vuelve al caracazo, vuelve a sus raíces, señala que le dolió mucho no poder salir a la calle por una enfermedad intensa y contagiosa que describe a través de su por entonces médico. Se frena, como el lector, y apoya una mano en el mentón. Ahí se distiende, habla de su nieto: El pequeño corre a pasos cortos hacia adelante a la espera de que su abuelo no lo deje caer a otro lado que no sean sus brazos en alto. El niño, pelado, cachetón, saluda con un mano a la muchedumbre y tira un beso y el “¡qué lindo!” de las señoras se multiplica al igual que los “ahhh” de ternura.
Ya de nuevo en la tierra, se despega de su vida humana y regresa con un brazo y otro a su mochila de presidente y de líder. Habla de un alto mando que se le acercó después del caracazo a pedirle participar del movimiento interno del ejército que dirigía. Enumera como lo probó, qué preguntó, para no caer en una trampa de los que lo querían detener por “conspirador”. Su subalterno sorteó todo eso con una historia que lo llevó a juramentarlo la misma noche en que hizo la consulta. Para eso había evidenciado su furia y decepción contra la jerarquía militar. Lo habían obligado a entregar a un grupo de muchachos de quince años que tenía detenidos en una cancha de básquet por hacer disturbios. Luego se enteraría que sus ex prisioneros terminarían debajo de una autopista perforados por las balas de un pelotón de fusilamiento del Departamento de Inteligencia de la Policía, el chupacabras de la época, según las organizaciones de Derechos Humanos venezolanas.
“Y él lloro en ese momento y volvió a llorar cuando me lo contó”, culmina el comandante luego de haberse frenado en la mitad de la frase y dado vuelta su cabeza en forma de perfil levantado con la intención de suspenderse en el aire antes de tirar la última parte levantadora de pelos y de arrugue de piel en los brazos. Se frena el tiempo, los coches, el aire por un minuto y todo sigue hacia la memoria de ese gobierno que intentó subir un 100% el precio del combustible y congelar el gasto público para cargar esa bolsa sobre el lomo de un burro de ojos largos y lengua afuera.
Después el discurso vuelve a su nivel político, analista y subjetivo que para el votante medio juega a descifrar cuál es la mejor manera de conquistar a la chica más linda del baile y cuáles son los galanes a vencer. “Este es un pueblo que no se va a dejar engañar, confundir, por la oligarquía venezolana y las campañas mediáticas de la derecha venezolana”, sostiene para reafirmar el timón frente al rumbo de la anécdota que busca sortear las olas que hacen subir y bajar en el medio de algunas nubes inyectadas de oscuridad que de a poco se acercan en el 2012 electoral que viene.
Y como ese barco que se aleja de a poco de la costa como a punto de atravesar el horizonte, Chávez levanta su dedo índice en alto y lo baja en seco una y otra vez al decir: “Nació una patria nueva, ese patria no es para nosotros sino de ustedes jóvenes. Cuidémosla para que no caigan en los que la convirtieron en cenizas. Más nunca volverán”. Saluda, levanta su puño izquierdo, y vitorea “patria, socialismo o muerte”. Después entre gritos se despide de sus ministros y su gente antes de irse y que cierre el telón imaginario que anuncia el fin del acto. Enfrente el público que revalidó la constitución bolivariana tres veces y le dio el sí en 11 elecciones es chupado hacia arriba de las nubes y cae en la señal de un canal de noticias que anuncia “que el dictador venezolano está cerca de caer”.
*La historia política reciente de Venezuela invita a entender esa puerta de seguridad extrema que intenta mantener aislado a los que ya quisieron hacer de las suyas en el intento de Golpe de Estado de 2002.Según el documental De Bolivar a Chávez del Seminario de Estudios Socioeconómicos Manuel Ugarte, un día después de haber armado un enfrentamiento en el que, según las cámaras de los medios opositores, los chavistas habían atacada a balazos a los manifestantes de derecha cuando en verdad eran ferozmente tiroteados por la policía caraqueña y fracotiradores, como después se demostró, detienen a Chávez, lo llevan a una isla. De esta manera, declaran como presidente al empresario Pedro Carmona, quién disuelve el Parlamento y se dispone a eliminar la constitución refrendada en tres ocasiones por el voto popular. En esta oportunidad, el sector del ejército a favor de Chávez reaccionó y desarticuló al golpe junto a las millones de personas que salieron a las calles. En esta se salvo por un pelo de no correr la misma suerte de Salvador Allende en 1974 en relación a la muerte, y de Manuel Zelaya, primer mandatario honduñero, derrocado en 2007, respecto a lo político. Pero esa es la mitad del chavismo, no el principio, lo que nos acontece en esta nota.

