{"id":7520,"date":"2015-08-01T03:53:21","date_gmt":"2015-08-01T03:53:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistadinamo.com\/?p=7520"},"modified":"2015-08-27T17:56:19","modified_gmt":"2015-08-27T17:56:19","slug":"santiago","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.revistadinamo.com\/?p=7520","title":{"rendered":"Santiago"},"content":{"rendered":"<p>Lele Guerchu comparti\u00f3 con Revista D\u00ednamo un cuento in\u00e9dito en el que las emociones y recuerdos de un inconciente colectivo se fusionan en un relato exquisito. Ilustrado por Virginia Torralba<br \/>\n<!--more--><\/p>\n<p>Por Lele Guerchu<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" loading=\"lazy\" src=\"http:\/\/www.revistadinamo.com\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/imagen-santiago1.jpg\" alt=\"imagen-santiago\" width=\"710\" height=\"400\" class=\"aligncenter size-full wp-image-7544\" srcset=\"http:\/\/www.revistadinamo.com\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/imagen-santiago1.jpg 710w, http:\/\/www.revistadinamo.com\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/imagen-santiago1-300x169.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 710px) 100vw, 710px\" \/><\/p>\n<p>   El 29 de marzo de 1979, alg\u00fan mocoso, borracho o simple malviviente con ganas de matar perros, dej\u00f3 alb\u00f3ndigas con trozos de vidrio en la calle. Un perro negro, raqu\u00edtico y deshilachado, puro coraz\u00f3n que Santiago hab\u00eda encontrado a\u00f1os atr\u00e1s en el puerto, comi\u00f3 una de esas bolas de carne infernales. Despu\u00e9s de una noche de aullidos, llantos y v\u00f3mitos de sangre que fueron trapeados por Jes\u00fas Mendoza, el 30, el perro amaneci\u00f3 muerto. Para Santiago fue un duro golpe el deceso de su \u00fanico compa\u00f1ero, que se acostaba las tardes oto\u00f1ales a hacerle compa\u00f1\u00eda, degustando los huesos que sobraban del asado. Santiago se sentaba en la acera, ve\u00eda volver a los obreros del trabajo a la casa y cortaba pedazos de mel\u00f3n, que com\u00eda con jam\u00f3n crudo, o salam\u00edn picado fino con pan y queso, mientras esperaba la pensi\u00f3n de la Segunda guerra.<\/p>\n<p>   Moreno era un barrio incipiente, tranquilo, poblado a medias, de casas bajas y construidas con el tiempo libre de los trabajadores y refaccionadas cuando a alguno le sobraba un poco de sueldo. El aire caluroso del verano ced\u00eda su paso a brisas frescas que se llevaban, al caer, la hojarasca amarilla y gris. Tan duro fue el golpe, que no import\u00f3 la alegr\u00eda que implicaba tener en casa a su primog\u00e9nita, que fin de semana por medio ven\u00eda de la capital. Esa tarde sab\u00e1tica, Santiago la pas\u00f3 cavando un pozo en el patio, mezclando sus l\u00e1grimas de tristeza con el sudor del trabajo.<\/p>\n<p>   Gallego de 67 a\u00f1os, vivi\u00f3 siglos de experiencia. Hab\u00eda combatido en dos guerras; hab\u00eda abandonado a su familia cat\u00f3lica y mon\u00e1rquica en Castell\u00f3n. Ellos lo llamaban \u201crojo\u201d y los roces pol\u00edticos e ideol\u00f3gicos en tiempos de Guerra civil lo impulsaron a la partida. Hab\u00eda sido prisionero de los rebeldes franquistas; vendido como soldado al ej\u00e9rcito nazi en la Segunda guerra; combatido a los comunistas en Rusia, donde se le congel\u00f3 el pie izquierdo. Despu\u00e9s de errar a\u00f1os por el mundo como marinero, conoci\u00f3 a una peruana, hija de franceses e italianos, del barrio del Callao, Lima, Per\u00fa. En el 50 se cas\u00f3 y se vino a la Argentina, pa\u00eds m\u00e1s avanzado y m\u00e1s civilizado, en un continente plagado de indios y negros, como sol\u00eda protestar.<\/p>\n<p>   Ahora cavaba el jard\u00edn solo, ante la mirada de sus hijas Mar\u00eda del Carmen y Mar\u00eda del Pilar y su mujer, Jes\u00fas, que lo invitaban y persuad\u00edan a que entrase a tomar un t\u00e9 caliente, para no resfriarse con el aire fresco del ocaso. Desde un principio no reaccion\u00f3 con ira, sino que se trag\u00f3 la angustia y la bronca. Enterr\u00f3 al pobre animal, le tir\u00f3 la tierra arriba y se dio una ducha fr\u00eda en el patio, como acostumbraba hacer diariamente cuando anochec\u00eda. Despu\u00e9s de cenar en silencio no aguant\u00f3 m\u00e1s y tosi\u00f3 con un alarido perruno que espant\u00f3 a su familia y que repetir\u00eda toda la noche.<\/p>\n<p>   El s\u00e1bado amaneci\u00f3 con cara de piedra y mucho malestar, sin fuerzas siquiera para ir al ba\u00f1o. Lo fue a saludar Mar\u00eda del Carmen a la cama, antes de hacer unos mates. La tos era insoportable.<\/p>\n<p>-No pod\u00e9s seguir con esa tos, pa, voy a llamar al m\u00e9dico.<br \/>\n-No hace falta, muchacha. Es una simple congesti\u00f3n. Para ma\u00f1ana, estar\u00e9 bien, y podr\u00e9is dejar de preocuparos.<br \/>\n-Haceme caso, pa. Ahora le digo a Pili que te haga unos masajes. Ya estoy llamando al doctor que venga a revisarte. Nunca te escuch\u00e9 toser tan fuerte.<\/p>\n<p>   Era Semana Santa. Ese a\u00f1o, Santiago no ten\u00eda ganas de hacer la cl\u00e1sica paella en el fuent\u00f3n. Todos los a\u00f1os, en \u00e9poca de cuaresma, se levantaba a las seis con el sol y se pasaba la ma\u00f1ana cortando vegetales, friendo frutos de mar, revolviendo el arroz, saboreando el guiso, agregando azafr\u00e1n, cocinando caracoles, contando an\u00e9cdotas. Los almuerzos en familia eran un manjar y avisaba a los vecinos de la cuadra que se vinieran con ollas, platos y tazones para probar un poco y llevarse si sobraba en demas\u00eda. As\u00ed ven\u00edan Do\u00f1a Marta, la panadera, Don Vicente, obrero metal\u00fargico, Ra\u00fal, el carnicero. Ese a\u00f1o, el dolor por la muerte de su mascota lo retuvo triste en la cama.<\/p>\n<p>   El doctor lleg\u00f3 a las dos horas. Le revis\u00f3 los ojos, las orejas, la respiraci\u00f3n, le apoy\u00f3 el fr\u00edo fonendoscopio en la espalda. Concluy\u00f3 que, si bien era fuerte, no se trataba m\u00e1s que de un resfriado, cosa que se quitaba con ba\u00f1os de vapor, reposo, mucho l\u00edquido y, m\u00e1s que nada, suspendiendo las duchas en el patio. Santiago lament\u00f3 no poder ofrecerle al doctor un poco de paella, pero le agradeci\u00f3, y le dijo a su hija que lo acompa\u00f1ara a la puerta y le pagara con la plata de su morral. El doctor guard\u00f3 sus instrumentos, levant\u00f3 el sombrero, dese\u00f3 felices pascuas y se fue a tomar el colectivo.<\/p>\n<p>   Sin embargo, la tos empeor\u00f3. Las energ\u00edas de Santiago se extingu\u00edan. Estaba la molestia en el pecho por el resfr\u00edo, un dolor inmenso por la p\u00e9rdida del perro y, sobre todo, cierta sensaci\u00f3n de cansancio, de fin y redenci\u00f3n. Jes\u00fas cocinaba pollo con verduras. Santiago no lleg\u00f3 a oler tal fragancia; mientras su hija menor lo acariciaba, tras el masaje de pies, de un momento para otro, dej\u00f3 de toser, de respirar y de existir. Como si se hubiera apagado.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lele Guerchu comparti\u00f3 con Revista D\u00ednamo un cuento in\u00e9dito en el que las emociones y recuerdos de un inconciente colectivo se fusionan en un relato exquisito. 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