El país más moderno que hace culto de su tradición en cada rincón. El país con mayor contaminación audiovisual que rinde pleistesía a la naturaleza y condena cuando alguien habla fuerte en el subte. Así es Japón con sus múltiples caras de una misma moneda

Por Agustina Ordoqui

Es lunes al mediodía en la estación de trenes de Kyoto. Tras cruzar las puertas automáticas, afuera espera un complejo de edificios futuristas que parecen haber sido concebidos en los 70, pero que aún así serían la envidia de grandes capitales tercermundistas. Más a lo lejos, se ven los techos de un complejo de templos.

A 200 metros de la estación, hay una oficina de correos. Ahí es dónde se retira el chip prepago de teléfono que compré cuando me enteré que Japón es muy moderno, pero la mayoría de sus habitantes desconocen las palabras en inglés. Mi conocimiento nulo de los kanjis implicó que eligiera volcar mi suerte a Google. Aunque claro, diez días más tarde verificaría que eso no era suficiente y hasta disfrutaría estar perdida, sometida al azar de encontrar a alguien que me entendiera o que al menos estuviera dispuesto a la comunicación mediante señas y sonrisitas de agradecimiento.

Voy al hostel y configuro el chip y la red de Japón. En la recepción, se ofrecen a ayudarme. Sorpresa, no hablan inglés. Tras dejar las cosas en mi habitación, salgo a caminar y veo a cuatro japones vestidos de forma tradicional por cruzar la calle. Al otro lado, hay un McDonald’s. Les saco una foto y la cámara del celular lanza el ruido del obturador, el cual desde hace mucho tiempo tenía silenciado. Uno se da vuelta, disimulo con el encanto del turista y le escribo a mi amiga que vive desde hace tres años allá. “¿Puede ser que acá en Japón no pueda poner en silencio el obturador de la cámara?”. “Sí, lo hicieron por los perverts que sacan fotos a las chicas en el metro”.

Ya es el tercer contraste que encuentro en el día: lo viejo entre lo moderno, la tradición entrando a un McDonald’s y la revelación de que en una sociedad donde todos son tan tímidos y respetuosos haya sido necesario que la cámara del teléfono haga ruido para evitar acosos. Es el cuarto, si cuento también el hecho de que en el país más occidentalizado de Asia el inglés no es moneda corriente.

Con los días, constato que Japón es así. Una gran contradicción en sí mismo. Días más tarde, en Tokio, hago prólijamente la fila para subir al subte. Baja la gente, subimos nosotros y nos acomodamos como un tetris en el que el caos de repente se vuelve ordenado y hasta equilibrado. Hablo con mi amiga y saco el teléfono para responder un mensaje de audio por whatsapp. “Shh”, me dice. “No se habla por teléfono en el subte”. Dejo el teléfono y noto que, efectivamente, nadie habla. Nadie. Solo nosotras, pero gozamos de la impunidad de ser extranjeras. Al bajar, en Shibuya, todo está lleno de pantallas luminosas y con el sonido activado. Pasan camionetas con publicidades sonoras. Uno camina y también hay parlantes con una voz que anuncia en japonés algún producto incomprensible. Es un bullicio insoportable y parte del encanto de la capital japonesa.

Los contrastes siguen a cada paso. Vagones de tren exclusivos para mujeres en un país donde las mujeres pueden caminar tranquilas sin que absolutamente nadie las acose verbalmente. Un templo escondido entre dos rascacielos. Un ritual de limpieza antes de entrar a un lugar sagrado, que está a metros del universo Pachingo, un lugar de juego pseudoclandestino donde las luces y ruidos despiertan la epilepsia en quien ni siquiera sufre de esta enfermedad.

Japón también es ese país donde quienes practican el sintoísmo adoran a la naturaleza, desde una montaña o una bahía, hasta una piedra o un arroyo, y lo enaltecen con el torii, el arco naranja. Fuera de eso hay una superpoblación de edificios y personas, se pueden recorrer kilómetros de cemento sin ver un solo espacio verde y se vende fruta bañada en químicos para que parezca que siempre está fresca. Japón es ese país donde nace el sol que alimenta una cultura milenaria y ancestral, pero que es difícil verlo, perdido entre los rascacielos. Y definitivamente, ese es su encanto.