Oriundo de Córdoba, confiesa que desde niño quería ser escritor “más por cómo se vestían y cómo se peinaban los escritores que veía en las solapas que por el trabajo en sí”

Por María Luján Torralba
@lujitorralba

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Luciano Lamberti es escritor, tiene 34 años y nació en San Francisco, Córdoba. Es licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, escribe para distintos medios locales y nacionales y dicta el taller de escritura creativa del hospital neurosiquiátrico provincial de Córdoba. También talla madera con un cuchillo

Revista Dínamo: ¿Qué es ser un joven escritor?, ¿desde cuándo te autodenominas escritor?
Luciano Lamberti: Ser un joven escritor es esperar a ser un escritor, cuando la juventud se pase (a los 35 años sucede eso mágicamente, a mí me faltan meses). Desde niño supe que quería ser escritor, más por cómo se vestían y como se peinaban los escritores que veía en las solapas que por el trabajo en sí.

RD: ¿Cuáles son tus referentes literarios?, ¿qué texto te marcó para siempre?
LL: Supongo que la Biblia de los niños, con su crueldad y su delirio, me marcó para siempre, fue uno de los primeros libros que leí. Mis referentes cambian con el tiempo, así que no podría decirte.

RD: ¿Cómo llegan las historias a tu mente?, ¿en qué te inspirás?
LL: De pronto estoy haciendo algo y pum, sartenazo, aparece una historia. Cuando la gente me cuenta cosas, también, y me distraigo y soy un mal conversador. Me inspiro en todo lo que me pasa en la vida, lo que leo, lo que veo, lo que escucho, lo que me gusta y lo que no.

RD: ¿Qué concepto englobaría toda tu obra?
LL: He creado un monstruo.

RD: ¿Cómo definirías tu estilo?
LL: Ciencia ficción indie.

RD: ¿Qué personaje de ficción te hubiera gustado ser?

LL: Ninguno en especial.

RD: ¿Con qué artistas de otras disciplinas te identificás?
LL: Rod Serling, el creador de twilight zone.

Sus publicaciones:

San Francisco Córdoba (Funesiana, 2008). Libro de poemas
– Los libros de relatos: Sueños de siesta (La Creciente, 2006), El asesino de chanchos (Tamarisco, 2010) y El loro que podía adivinar el futuro (Nudista, 2012)
Los campos magnéticos (Sofía Cartonera, 2012). Nouvelle
– Participó en varias antologías con cuentos, entre ellas Es lo que hay (Babel), 10 bajistas (Eduvim), Un grito de corazón (Mondadori), Autopista (Raíz de dos), Hablar de mí (Lengua de trapo) y Sobrenatural (Estuario)

Sobre Luciano Lamberti

Se pueden leer sus textos en su blog viviendoenacapulco.blogspot.com

Acá les dejamos un fragmento de Sueños de siesta

H. 667/ 9/ W

– No -, dice papá.
Caminamos de noche por una calle de barrio: la luz de las esquinas atraviesa los árboles para formar figuras amarillas en el cemento. No se oyen radios ni motores; a lo sumo el ladrido de un perro invisible. Lejos del centro, la ciudad parece otra. Como si hubieran puesta una ciudad (una ciudad casi idéntica a la vieja ciudad) en el lugar de la vieja ciudad. Hemos bajado hace unas horas del colectivo, papá llevándome de la mano, y nos hemos internado despacio entre casas desconocidas. Ahora nuestros pasos raspan el pavimento. Acabo de preguntar a papá si sabe donde queda la casa del tío.
– No -, dice papá. – No vamos del tío.
Me suelta la mano y empieza a correr.

9788/ j. 67

A las ocho levanto las persianas de la pajarería, en la planta baja del edificio donde vivo. Desde las escaleras he oído el llamado de los tordos, los canarios, el cardenal, para que les cambie el agua y el alpiste. Luego me siento en un taburete, detrás del mostrador, abro el diario y el humo del primer Phillip Morris se extiende despacio por el negocio. Ya no miro mi vida, entonces, porque el río de lo cotidiano, con sus pequeñas anécdotas, me tiene hundido hasta los hombros, pero quizás ha sido durante el desayuno, o un poco antes, al levantarme y considerar el estado del cielo, cuando me dije: no se tarda. En algún momento, sin previo aviso, papá, mamá, tía Catalina y los dos o tres compañeros de la secundaria con los que aún tengo contacto entrarán por esa misma puerta haciendo sonar la campanita y cantando a viva voz: “Porque es un buen compañero, porque es un buen compañero, porque es un buen compañero, de todo corazón”, mientras destapan botellas de sidra, me dan palmadas y sonríen, recomendando que me cuide del frío y los parásitos. Nos quedaremos charlando unos minutos, pero yo lo sé y ellos van a saberlo: un gesto del abuelo bastará para que vayan sacándome con palmadas y frases de apoyo hacia la vereda, el Chevrolet con vidrios polarizados, la puerta abierta y el motor encendido, aguardando. “Fuerza, pibe. Es un ratito nomás”, dirá papá.

Mamá me besará llorando. Luego me agarrá de los pelos para hacerme entrar al auto.
– Buen día, ¿qué necesita? – le digo al hombre de bigotes detrás del mostrador