Hace 10 años, la Argentina se encontraba en un abismo extremo. Crisis política. Depresión económica. Crispación social. El 26 de junio de 2002, dos manifestantes fueron asesinados en el Puente Pueyrredón por un comisario, mientras la Policía reprimía a decenas de personas. Su nombre ya es leyenda. Kosteki y Santillán. Maxi y Darío

Por Florencia Di Niro
@flordiniro

Ningún militante muere sin hacer nada, lo hace luchando y resistiendo. Pone el cuerpo en la pelea, toma un palo para defenderse de los golpes y una piedra para replegar a su atacante.

Mientras tanto, sus enemigos, esas fuerzas de seguridad comandadas por el gobierno de turno, usan todas las armas que tienen a su alcance y la legitimidad que les da la autorización desde el poder político.

Los poderosos ponen pueblo contra pueblo, pobre contra pobre y entre los uniformados incluyen a algunos asesinos.

Esa es la historia que ya se ha visto, y que se repitió aquel 26 de junio de 2002, en Puente Pueyrredón. Ese día convirtieron un reclamo por trabajo y dignidad en una cacería, en un intento de acallar las voces de los postergados.

Esa tarde, en el sur del Conurbano Bonaerense pusieron en marcha un plan. En esa jornada la represión del duhaldismo se quedó con dos vidas, le arrebató al pueblo a dos de los suyos. Dos pibes: Kosteki y Santillán.

Maxi y Darío eran desocupados, miembros de ese grupo de argentinos que fueron expulsados de un sistema que colapsó y cayó estrepitosamente, una economía que tocó los bolsillos de la clase media-alta y sumió en el hambre a los que no podían siquiera pensar en la palabra ahorro.

Hoy hablamos de ellos dos como un conjunto pero hasta ese momento, hasta sus últimos minutos de vida, sus historias transcurrían unidas unicamente por la militancia en el Movimiento de Trabajadores Desocupados.

Darío tenía 21 años y cuatro de militancia. Maxi tenía 25 y hacía un mes que participaba en el MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados – Aníbal Verón). El 26 de junio participó de su primer corte, mientras Darío se paraba otra vez en el cemento.

Maxi era artista y recién había terminado el trámite para acceder a un plan trabajar de 150 pesos que nunca llegó a cobrar. Darío había decidido hacía tiempo dejar su casa paterna en el Barrio Don Orione (Claypole) para ir a vivir una realidad más dura en un asentamiento del Barrio La Fe (Lanús), como compromiso con los que defendía.

Él, que ya tenía experiencia, formaba parte del cordón de seguridad del corte en Puente Pueyrredón. En medio de la represión, Maxi decidió pasar al frente, apoyar la resistencia y no emprender la retirada.

El primero en ser herido fue Kosteki. Mientras retrocedían e intentaban contener los ataques de las fuerzas de seguridad, recibió el impacto de un perdigón en el pecho y otro en la pierna y no pudo seguir.

Sus compañeros decidieron resguardarlo en la estación de Avellaneda. Dario llegó después. Decidió volver para ayudar y ahí se encontró con su compañero. Ahí, mientras Maxi agonizaba y Darío sostenía su mano llegó la policía.

Quisieron echarlo del lugar pero él se resistió, hasta que con un arma a menos de dos metros en su cara tomó la decisión de salir. En ese momento, sin saber que había un fotógrafo como testigo, miembros de la Policía le dispararon por la espalda. Durante sus últimos minutos de vida, lo golpearon y maltrataron.

El plan del Gobierno de Eduardo Duhalde no salió como esperaban. Mataron a los pibes, hirieron a más de cien militantes, instalaron la violencia en la jornada, pero no callaron a nadie. El padre de Darío, Alberto Santillán, está seguro de que mientras su hijo moría desangrado “paría a miles de militantes”.

Con ellos, no solo con su muerte, nació una militancia que está creciendo. Maxi y Darío son los pibes que recorren los barrios, que buscan conocer como viven los demás y sentir lo que es la necesidad.

Ellos son los miles que no luchan por un puesto político, sino por la igualdad. Lo que llevó a Dario Santillán a involucrarse con 17 años y a arriesgar su vida por bancar hasta último momento a un compañero.

La necesidad de Maximiliano Kosteki de integrar el cordón de seguridad y defender a los compañeros, antes que quedarse en la retaguardia. Ese compromiso social lo gestaron en vida y, más tarde, se multiplicó con su muerte.

Pasaron diez años, pero ellos no están solos. Pasó una década y ellos no están muertos.

Crédito foto: José «Pepe» Mateos, fotógrafo del diario Clarín.